COMENTARIO
La actuación sacrílega del rey y de su corte, así como su idolatría, hace de aquel Baltasar tipo de Antíoco IV Epífanes, que saqueó el Templo y robó sus objetos sagrados (cfr 1 M 1,20-24; 2 M 5,11-16). A los ídolos de materia inerte se contrapone la mano que escribe en el muro, signo del Dios vivo (vv. 4-5). Sorprende que habiendo sido nombrado Daniel jefe de los que tenían el oficio de interpretar sueños al rey (v. 11), no hubiese sido consultado antes (vv. 7-8). Pero tal forma de presentar los hechos responde a la trama literaria forjada por el autor sagrado para resaltar, una vez más, la superioridad de la sabiduría de Daniel sobre la de todos los sabios de Babilonia con su ciencia y sus artes mágicas. La capacidad que Daniel ha recibido de Dios (1,17) es entendida por los gentiles politeístas como participación del espíritu de un dios que le hace similar a los dioses (vv. 11-14).