COMENTARIO
El rey confía en los poderes sobrenaturales de Daniel y ofrece a éste sus regalos si pone aquellos poderes a su servicio (vv. 14-16); pero Daniel deja claro que no actúa por obtener ganancia personal. Pone al servicio del rey sus capacidades sólo para que el rey reconozca al Dios Altísimo, como hubo de hacer su padre herido por la desgracia (vv. 18-21). Por eso denuncia con toda claridad el pecado del rey (vv. 22-23) y le revela el juicio que Dios ha pronunciado sobre él en aquella visión (vv. 24-28).
Las palabras escritas por la misteriosa mano son cuatro según el texto masorético que repite la primera. Se trata de tres nombres de medidas o monedas orientales: la mina, el sequel y la media mina o paras. Daniel en su interpretación las relaciona con tres verbos que suenan de manera parecida: el verbo maná que significa medir, saqal que es pesar, y paras dividir. El último de los términos en el texto masorético está en plural —parsim—, de manera que suena igual que «persas» en arameo. Mediante este juego de palabras se anuncia el fin del reino babilónico y el advenimiento de los persas.
El juicio de Baltasar se produce no sólo porque no ha glorificado al Dios que le da la vida (v. 23), sino porque lo ha despreciado mediante el uso sacrílego de los objetos sagrados. Teodoreto de Ciro comentando este v. 23 señala que Daniel «bien les enseña a los presentes que no deben adorar a lo que se ve sino al Demiurgo y Señor. Y por eso mismo condena la vanidad del rey, y le enseña que el gran cielo tiene como demiurgo al Dios invisible. “Tu —dice— has mostrado la altura de tu corazón pero no la del cielo, es decir, la altura del Dios del cielo y el Señor de todo lo creado. Pues si no estuvieses afectado de esa vanidad no habrías ordenado traer los vasos del Templo”» (Interpretatio in Danielem 5,23).