COMENTARIO

 Dn 7,1-12,13 

Daniel pasa ahora de ser el intérprete de los sueños y visiones que tienen los reyes, a ser él mismo el receptor de la interpretación que un ángel o un ser celeste le hace de sus propios sueños (caps. 7-8), o de la lectura de la Escritura (cap. 9) o de una visión (caps. 10-12), y él mismo los pone por escrito. A Daniel se le revela el momento del fin que él había anunciado a Nabucodonosor al interpretarle el sueño (cfr 2,28). Pero ahora se trata de una revelación más concreta en la que la figura del opresor Antíoco IV, simbólicamente expresada, aparece claramente como la culminación del mal y el momento final de la historia presente. La sabiduría de Daniel, que antes era comprendida como un don de Dios para ser puesto al servicio de los reyes extranjeros, aparece ahora derivada de la revelación de Dios que habla a Daniel mediante mensajeros celestes, para que comprenda el sentido de la historia y para que, puesta por escrito, sirva de motivo de esperanza al pueblo elegido. «La revelación introduce en la historia un punto de referencia del cual el hombre no puede prescindir si quiere llegar a comprender el sentido de su existencia; pero, por otra parte, este conocimiento remite constantemente al misterio de Dios que la mente humana no puede agotar, sino sólo recibir y acoger en la fe» (S. Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 14).

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