COMENTARIO

 Dn 7,2-8 

El Mar Grande (el Mediterráneo) del que surgen las bestias, connota el mundo tenebroso y caótico. Aunque ya los profetas anteriores describían los imperios con figuras de animales —Egipto como cocodrilo (cfr Ez 32), Babilonia como águila (cfr Ez 17,3) o como dragón (cfr Jr 51,34)— en la visión de Daniel las formas de estos animales alados recuerdan las representaciones mesopotámicas. El león con alas de águila representa a Nabucodonosor, al que, derribado de su soberbia, se le devolvió el corazón de hombre (cfr 4,13.31); el imperio medo se compara a un oso dispuesto a atacar y el persa a un leopardo que se mueve con agilidad. La cuarta bestia no se parece a ningún animal, pero sus dientes de hierro la identifican con el imperio griego de Alejandro Magno y sus sucesores (cfr 2,40). Entre éstos, representados en la simbología de los cuernos, la atención se centra en Antíoco IV, el cuerno con ojos que profiere blasfemias. La gravedad de esos desafíos a Dios será puesta de relieve en Ap 13,5 cuando se describe la bestia que recibe el poder de la Serpiente. La máxima perversión de los poderes de este mundo es el desafío a Dios y a sus leyes. Tomando las palabras del texto como profecía en sentido estricto, es decir, como lo que se habría de cumplir en el futuro, algunos Santos Padres vieron en ese cuerno al Anticristo del que volvería a hablar el Apocalipsis de San Juan (cfr Ap 13,11-18; 17,16; 19,19-21).

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