COMENTARIO

 Dn 8,1-14 

El comienzo recuerda la visión de Ezequiel a orillas de un río (cfr Ez 1,1-3), si bien aquí (v. 2) no queda claro si la visión tiene lugar después de trasladarse Daniel a Susa, o si se trata de que solamente se ve presente allí. Más bien parece que sea esto último. Es significativo que antes de acabar el imperio babilónico la visión se desarrolle en una de las ciudades de residencia de los reyes persas. Ese contexto geográfico sirve para acentuar el carácter profético de la visión que se referirá a la época persa, pues se parte de la caída del imperio medo–persa. Que este imperio viene significado en el carnero con dos cuernos, y que bajo el macho cabrío se ha de ver el imperio griego son datos claros, y así se dirá en la interpretación (cfr 8,21). Que tales animales hayan sido elegidos como símbolos de esos reinos porque, según una creencia, Persia estaba bajo el signo del zodíaco Aries, y Siria, tierra de los seléucidas griegos, bajo el de Capricornio, es una hipótesis sin mucho fundamento. Según los Setenta, no así en el texto hebreo ni en Teodoción, el carnero ataca dirigiéndose a los cuatro puntos cardinales (v. 4), señal de su impresionante poder de expansión. De occidente en cambio viene Alejandro Magno, del que se destaca la rapidez de sus conquistas y su fuerza (v. 5): en efecto, el año 333 a.C. derrotó a Jerjes en Issos y en el 331 en Arbela.

La muerte de Alejandro y el reparto de su imperio entre sus cuatro generales, los diadocos —Macedonia para Filipo, Asia Menor para Antígono, Siria para Seleuco y Egipto para Tolomeo—, están claramente indicados en el v. 8. A continuación se describe la actuación de Antíoco IV Epífanes (v. 9-11). Es clara la alusión a sus campañas contra Egipto, Persia y «la Hermosura», o la tierra de Israel (v. 9; cfr 11,16), así como a la profanación del Templo acaecida el año 176 a.C. (v. 12). Los vv. 10-11, en cambio, pueden entenderse en el sentido de que Antíoco, tras destruir las divinidades de otros pueblos, se alzó incluso contra el verdadero Dios y su Templo, o en el sentido de que atacó al pueblo de Israel (cuyos miembros serían llamados estrellas como en 12,3) matando a una parte de él e incluso al sumo sacerdote Onías III en el 171, de cuya muerte se le haría responsable (cfr 2 M 4,30.38). Esta segunda interpretación es la que se desprende de 8,24-25.

El número de tardes y mañanas que todavía ha de durar la desgracia (v. 14) es algo que ya se sabe en el cielo, pues está determinado y de ello hablan los ángeles (cfr 12,6-7), designados aquí como «santos». La cifra resulta enigmática. Si al decir «tardes y mañanas» se alude al sacrificio vespertino y al matutino, serían 1150 días; si por tarde y mañana se entiende más bien un día serían 2.300 días. En ninguno de los casos tal cantidad corresponde a la de los tres tiempos (o años) y medio que serían 1260 días y cuyo simbolismo es claro (cfr 7,25). Quizá lo que se intenta es dejar al lector en la imprecisión del cuándo, como sucede en 12,11-12, o señalar que ese tiempo puede ser acortado.

Volver a Dn 8,1-14