COMENTARIO
Situar literariamente el episodio después de la caída del imperio babilónico y antes del advenimiento del persa con el que se produciría la vuelta del destierro, supone pensar en un cambio de situación en medio del destierro. Esto haría más apremiante la pregunta de cuándo iba a acabar. Es lo que parece que el autor quiere indicar con esos datos históricos que, por otra parte, no parecen reales —Darío no fue medo, sino persa; ni hijo de Jerjes (Asuero), sino su padre— y corresponden al orden de la primera parte del libro. Tal inexactitud puede ser una argucia para que el lector no se fije tanto en la situación del destierro cuanto en el simbolismo que representa. La profecía puesta por escrito sigue teniendo vigencia siempre y en ella puede llevarse a cabo la búsqueda de lo que se quiere saber (cfr 2 M 2,1-15), también después de la vuelta del destierro, en tiempos de la persecución seléucida en la que se escribe el pasaje.