COMENTARIO

 Dn 9,20-27 

Ahora, según el relato, no se trata propiamente de visión, sino de anuncio angélico que tiene lugar en la tierra, si bien ambas cosas parecen identificarse. En realidad son dos formas distintas de expresar el mismo acontecimiento: la manifestación al hombre de un designio divino. La palabra de la que es portador el ángel procede de Dios, que había escuchado a Daniel antes incluso de culminar su oración. Dios conoce lo que necesitamos antes de pedírselo (cfr Mt 6,8).

Los setenta años que Jeremías había predicho acerca de la duración del destierro (Jr 25,11-14) se interpretan aquí (v. 24) como setenta semanas. Setenta, como siete, es el número simbólico del tiempo cumplido (cfr 4,20). Las setenta semanas se refieren según el ángel a setenta semanas de años, equivalente al tiempo que debe transcurrir entre el destierro y el fin que va a sobrevenir a la muerte de Antíoco IV. Se trata de cifras redondeadas en las que predomina el valor simbólico. Setenta veces siete o setenta semanas es el cumplimiento total y definitivo. Éste consistirá en la desaparición del mal y del pecado, la instauración de la justicia divina, el cumplimiento de todas las profecías y la consagración definitiva del Templo (v. 24). La expresión «ungir el Santo de los Santos» (v. 24) es punto culminante y denota la presencia para siempre de Dios en medio de su pueblo, en el Templo. También podría referirse al sumo sacerdocio. La dimensión escatológica de estas expresiones se comprende a la luz de la obra redentora y santificadora de Cristo, a quien Dios ha puesto «como propiciatorio en su sangre —mediante la fe— para mostrar su justicia tolerando los pecados precedentes» (Rm 3,25).

El príncipe ungido con el que culminan las primeras siete semanas puede referirse a Ciro, llamado ungido (mesías) en Is 45,1; de esta forma se estaría aludiendo a la duración del destierro: 49 años desde que Nabucodonosor tomó Jerusalén el 587 —en el que se habría pronunciado la profecía de Jeremías—, hasta el 538 en que se habría producido la vuelta por orden de Ciro. Ese mesías también podría referirse a Zorobabel, el príncipe descendiente de David que volvió con los desterrados y reedificó el Templo (cfr Esd 5,2; 6,15). Algunos Santos Padres, sin embargo, vieron en este Príncipe Mesías a Jesucristo, y con razón, pues a Él se debe la liberación del nuevo pueblo de Dios.

Las sesenta y dos semanas que vienen a continuación aluden al tiempo que sigue a la vuelta del destierro, durante el que se reconstruyeron las murallas de Jerusalén (cfr Ne 6,15-16; 12,27-43) y a lo largo del cual se llegó al comienzo de los dolores presentes en el tiempo del autor. Estos vienen marcados por la muerte del «ungido suprimido» (v. 26), acontecimiento que concuerda con la muerte del sumo sacerdote Onías III, el año 171 a.C. (cfr 2 M 4,30-38).

Tras las siete y las sesenta y dos semanas, queda una semana (v. 27) para que se cumplan las setenta. Es la semana final en la que a las desgracias producidas por Antíoco IV sucederá su muerte. El tiempo de Antíoco IV equivale a media semana, es decir, tres días y medio, que es lo mismo que un tiempo pasajero. Se resalta la actividad destructora de ese rey, el haber seducido a muchos judíos a adoptar las formas de vida helenistas y, sobre todo, el haber suprimido el culto judío e introducido en el Templo la estatua de Zeus Olímpico. La expresión «abominación de la desolación» evoca los antiguos baales o ídolos cananeos como algo despreciable, inmundo y causa de perdición para sus seguidores. Todavía queda un tiempo de sufrimiento, la última mitad de la segunda semana; pero el final del perseguidor está ya decretado. Tales son las palabras de esperanza que transmite Daniel desde la lectura y escrutinio de la Escritura, pues, como escribirá San Pablo: «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios esté bien dispuesto, preparado para toda obra buena» (2 Tm 3,16-17).

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