COMENTARIO

 Dn 11,40-45 

El tiempo del fin seguirá a la desaparición del poder del mal, representado aquí en Antíoco IV. La muerte de éste se describe, en continuación con lo que ha sucedido antes, unida a otra campaña contra Egipto en la que alcanzará gran gloria (vv. 40-42), pero de la que, una vez más, tendrá que desistir por las noticias que le llegan de su propio país, y en su vuelta entrará de nuevo a la tierra de Israel donde le llegará el fin (vv. 44-45). Sucederá algo similar a lo que había sucedido otras veces, pero esta vez tendrá un desenlace definitivo. En la bajada a Egipto Antíoco IV asolará de nuevo Judea, mientras que dejará intactos los territorios vecinos, quizá porque éstos son sus aliados, enemigos tradicionales de los judíos (v. 41). Cuando esté en Egipto le seguirán libios y cusitas, es decir, los pueblos del este y del sur de Egipto (v. 43). A la vuelta hará ostentación de su poder desafiante plantando sus tiendas frente al Templo. Allí le llegará el fin (v. 45). Para nuestra valoración de la profecía no importa mucho que en realidad Antíoco IV muriese de otra forma —en Persia tras una horrible enfermedad (cfr 1 M 6,1-16; 2 M 9,1-29)—, pues lo que se anuncia es en definitiva la relación entre el fin del perseguidor y la salvación otorgada por Dios a su pueblo. El escenario de la muerte de Antíoco tiene aquí un sentido simbólico: le sobreviene en la tierra de Israel desde donde Dios va a implantar el reino eterno que se avecina; le sobreviene por tanto vencido por Dios cuando aquél quiere ocupar el terreno de Dios.

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