COMENTARIO
Los Setenta titulan este episodio: «De la profecía de Habacuc, hijo de Josué, de la tribu de Leví», quizá para señalar así la unidad de todo el capítulo (cfr 14,33). En la traducción hemos seguido el texto de Teodoción. El narrador encuadra el pasaje en la corte del rey Ciro el Persa, que, en efecto, se anexionó Media después de derrotar a Astiages en Pasagarda el año 550 a.C. Lo que en realidad quiere mostrar es la relevancia de Daniel en la corte real, reinando un rey u otro. La fuerza del relato está en el monoteísmo de Daniel y en su astucia para descubrir el engaño de los sacerdotes a los que el ídolo reportaba pingües comidas: «No quiere vencer con razonamientos sino con hechos» (S. Juan Crisóstomo, Interpretatio in Danielem prophetam 14). Ahora no hay intervención divina alguna; sólo la sabiduría humana para descubrir dónde no está el verdadero Dios. Pero se puede entender, como hace San Cipriano, que Daniel habla movido por el Espíritu de Dios y por eso «lo hizo con fe y libertad plenas» (Epistolae 58,5).