COMENTARIO
Los tres capítulos que forman la primera parte del libro relatan con aplicaciones simbólicas la experiencia matrimonial de Oseas. Como en otros profetas —Isaías y el nombre de sus hijos (Is 8,1-8), Jeremías y su celibato (Jr 16,1-9), Ezequiel y su viudez (Ez 24,15-24)—, el trance se convierte en símbolo: lo mismo que Oseas ama a la mujer infiel, Dios ama a su pueblo; de la misma manera que la fidelidad de Oseas alcanzará el retorno de la esposa, la fidelidad del Señor con Israel conquistará la vuelta de su pueblo hacia Él, el único Dios.
Pero de las vicisitudes narradas, el lector, guiado por las palabras del profeta, extrae otras enseñanzas. Descubre, en primer lugar, que Dios es fiel y misericordioso, no se cansa de amar ni de perdonar al pueblo pecador; pero descubre también que la Alianza de Dios con su pueblo no es un vínculo meramente jurídico, o de vasallaje como entre el señor y su siervo, sino un compromiso insertado en lo íntimo de Dios. Para expresar esa noción el autor recurre, entre otras cosas, al uso del término hesed: «Cuando en el Antiguo Testamento el vocablo hesed es referido al Señor, esto tiene lugar siempre en relación con la Alianza que Dios ha hecho con Israel. Esta Alianza fue, por parte de Dios, un don y una gracia para Israel. Sin embargo, puesto que en coherencia con la Alianza hecha, Dios se había comprometido a respetarla, hesed cobraba en cierto modo un contenido legal. El compromiso jurídico, por parte de Dios, dejaba de obligar cuando Israel infringía la Alianza y no respetaba sus condiciones. Pero precisamente entonces hesed, dejando de ser obligación jurídica, descubría su aspecto más profundo: se manifestaba lo que era al principio, es decir, como amor que da, amor más fuerte que la traición, gracia más fuerte que el pecado» (S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, nota 52).
La lectura de estos capítulos puede desconcertar porque están entremezclados los contenidos biográficos de Oseas con lo que simbolizan —las relaciones entre Dios y su pueblo—, pero también porque resulta difícil descubrir el hilo cronológico que une los episodios: no se cuenta la historia entera de la experiencia matrimonial del profeta, sino sólo algunos episodios relevantes para el mensaje. Para solucionar estas dificultades se han propuesto diversas soluciones; a veces, incluso la de cambiar el orden del texto. Lo más razonable, sin embargo, es seguir el curso del escrito, teniendo presente que prácticamente en la lectura de cada frase deben entrar tres significaciones: a) la biográfica, referida a Oseas y a la mujer, que b) son símbolos del Señor y de Israel, y que c) son camino para descubrir el ser y los sentimientos de Dios hacia su pueblo y hacia los hombres. En estas condiciones, los capítulos pueden estructurarse en tres partes.
Comienza el libro con la narración del matrimonio de Oseas (1,2-9) y el nombre simbólico de los tres hijos. El sentido del pasaje es claro: Israel, como la mujer que toma Oseas, es infiel y el resultado de esa infidelidad se expresa con el nombre de los tres hijos: Israel es violencia, no es el Pueblo de Dios, no merece su compasión. Pero ésta no es la última palabra, ya que, enseguida (2,1-3), se anuncia un futuro que es la antítesis del anterior: Israel y Judá son grandes, son el Pueblo de Dios, y son compadecidos.
A continuación, una querella (2,4) contra la mujer infiel, que huye de su marido como Israel huye de su Señor, inicia dos pasajes discursivos en torno a los mismos motivos. En el primero (2,4-15) se narra el acecho del Señor a Israel, y en el segundo (2,16-25) el triunfo del Señor que conseguirá la vuelta a Él de Israel, la mujer descarriada.
Finalmente (3,1-5), en un relato escrito en primera persona, recoge la reconciliación del profeta con la mujer. Es el complemento biográfico del relato inicial (1,2-9), pero, más allá de su significación propia, subraya la significación del entero pasaje: la iniciativa siempre es de Dios, que con su fidelidad conquistará la conversión de Israel, como la fidelidad de Oseas conquistará la de la mujer infiel.
La continua implicación de los motivos matrimoniales con el de la Alianza hace de estos pasajes una enseñanza sobre la raíz más íntima del matrimonio cristiano: «Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel, los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1611).