COMENTARIO
Este episodio de carácter simbólico marca el mensaje del libro. Dos motivos recurren en los comentarios a propósito del texto: el matrimonio del profeta y el nombre simbólico de los hijos.
El matrimonio del profeta ha sido interpretado por muchos como figurado, pues resulta difícil entender el mandato del Señor de tomar como esposa a una mujer de prostitución (v. 2). Se aplicaría al texto el principio general de San Agustín: «Hay que ver como figurado en un discurso divino lo que no puede referirse en sentido propio ni a la honestidad de las costumbres ni a la verdad de la fe» (De doctrina christiana, 3,33). Es la orientación que toman algunos autores en la Edad Media, como Ruperto de Deutz, que interpreta el matrimonio de Oseas como una alegoría (cfr su Commentarii in prophetas minores), y la que siguen, en general, los autores judíos medievales al considerarlo una visión: así Ibn Ezra (Comentario a Oseas), y Maimónides (Guía de perplejos 2,32-46).
Sin embargo, ni Oseas ni Gómer (v. 3) son nombres simbólicos, por lo que otros intérpretes piensan que se trata de un matrimonio real. Oseas tomaría como esposa a una mujer que ejerció la prostitución sagrada en los templos cananeos dedicados a la fecundidad. De esta manera se señalaría fácilmente el pecado de Israel, que faltando a su compromiso de Alianza con el Señor, se prostituyó adorando a otros dioses. En esta interpretación, los esfuerzos se dirigen a justificar la moralidad de las acciones de Oseas o del mandato de Dios. Así en Santo Tomás (cfr Summa theologiae 1-2,100,a.8) y también en San Jerónimo quien, sin discutir directamente la cuestión de la realidad histórica del matrimonio de Oseas, exculpa simplemente al profeta: «No hay que culpar al profeta mientras seguimos la narración, pues la meretriz se convierte a la honestidad; sino más bien hay que alabarlo porque ha convertido a una mala en buena; pues quien permanece bueno no se mancha si se asocia a uno malo, sino que quien es malo se convierte en bueno si sigue sus buenos ejemplos. De lo cual entendemos que el profeta no perdió su pureza por la unión con la fornicaria, sino que la fornicaria asumió la pureza que antes no tenía. Sobre todo porque el bienaventurado Oseas no obró por causa de lujuria, ni de deleite, ni por propia voluntad, sino que se aprestó a cumplir el mandato de Dios, de modo que lo que leemos como un comportamiento carnal probaremos que lo hizo espiritualmente de parte de Dios» (S. Jerónimo, Commentarii in Osee 1,3-4).
Una tercera interpretación —capaz de explicar el mandato de Dios, el matrimonio real de Oseas, y también la psicología del profeta— ha prevalecido últimamente. El matrimonio del profeta es real, pero la mujer no es una prostituta en el momento de casarse. El libro la denomina «mujer de prostitución» anticipando la infidelidad posterior de Gómer. Esta explicación es coherente con la imagen aplicada a Israel, al que eligió Dios antes de que pecase, y al que podía denominar rebelde a la vista de la apostasía posterior.
Sea cual sea la manera en que se interprete el matrimonio, el sentido es siempre claro: Israel ha sido infiel a la Alianza esponsal con su Dios, de la misma manera que Gómer lo ha sido con Oseas. Pero la infidelidad afecta también a los hijos; los hijos son denominados «hijos de prostitución, porque mucho se ha prostituido el país apartándose del Señor» (v. 2). Como dice el profeta más tarde, «los que siembran vientos cosecharán tempestades» (8,7): el abandono de su Dios por parte de Israel, hace que éste no pueda recuperarse, ni ahora ni después. De ahí también el simbolismo del nombre que se impone a los tres hijos (vv. 4-9), y que significan tres «amenazas» del Señor a su pueblo. El primer hijo, «Yizreel» (v. 4), hace recordar los asesinatos en el valle de Yizreel (2 R 9,14-26.30-37), perpetrados por Jehú, fundador de la dinastía del reino del Norte a la que pertenecía Jeroboam II, rey de Israel en este momento, y cuya estirpe acabó poco después, con el asesinato del rey Zacarías (2 R 15,8-12); además con la expresión «quebraré el arco de Israel» (v. 5) indica el fin del poderío militar (cfr Gn 49,24; 2 S 1,18). Por tanto, con este nombre el Señor indica que abandona al país a su propia suerte, y que su final será el desastre. El nombre de la hija, «No-Compadecida» (v. 6), simboliza que el Señor no volverá a tener piedad del reino del Norte. Judá, por contraste, será compadecido por Dios (v. 7). El tercer hijo, «No–mi–pueblo», simboliza, a su vez, la ruptura de la Alianza con el pueblo del Norte, Israel, al que el Señor tratará como si no fuera su pueblo (v. 9).