COMENTARIO

 Os 2,1-3 

El oráculo anterior concluía con palabras de condena y éste promete una restauración. En la lógica de estos tres capítulos expuesta en el poema central (2,4-25) —según la cual Dios contesta a la infidelidad de Israel con fidelidad y misericordia consiguiendo así la reconciliación— estos versículos serían la continuación de 3,1-5. El vaticinio anuncia una restauración gloriosa con la reunificación del pueblo en la tierra prometida (v. 2). Los nombres que se dan a los israelitas hijos de la reconciliación (v. 3) son los antónimos de los nombres de maldición (1,4.6.9). Ese horizonte de salvación es el que los escritores del Nuevo Testamento vieron cumplido en la obra de Jesucristo al formar el nuevo pueblo que es la Iglesia. Por eso, San Pedro mueve a los cristianos, provenientes del paganismo, a alabar a Dios porque «los que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia» (1 P 2,10; cfr Rm 9,24-26).

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