COMENTARIO

 Os 3,1-5 

El texto vuelve al relato biográfico, aunque esta vez se narra en primera persona. La cuestión que se plantea a los intérpretes en este pasaje es dilucidar si se trata de un matrimonio distinto del relatado en 1,2-9, o es un nuevo relato del mismo matrimonio. Las dificultades estriban en la identidad de la mujer amada (v. 1) y en el pago de la dote (v. 2).

Probablemente la «mujer amada de otro y adúltera» se refiere a Gómer, la hija de Diblaim, de 1,3 y no a una nueva mujer. La fórmula «ama a una mujer» (v. 1) no significa de por sí «cásate» con ella, por lo que no implica necesariamente un nuevo matrimonio. Tampoco el hecho de que aquí se le llame una mujer «adúltera» (v. 1) y que de Gómer se haya dicho que es una «mujer de prostitución» (1,2) hay que concluir que son dos mujeres distintas. En el plano psicológico, la identificación no presenta dificultad: en ambos casos expresa el amor del profeta a la mujer infiel que no merece ese amor. Si es la misma mujer, el pago de una dote (v. 2) resulta extraño. Se han propuesto variadas hipótesis, que no pasan de conjeturas poco convincentes. Lo más acertado sería seguir la imagen del relato: en la sociedad antigua, la esposa adúltera y separada del marido, habría de vivir de lo que le dieran sus amantes, como una prostituta, o volver a la casa paterna. El profeta, para enfatizar aún más su amor por la esposa infiel, llega a pagar una dote para recuperar su derecho sobre ella, en un gesto hiperbólico de generosidad amorosa.

En todo caso es evidente que, en el curso del texto de Oseas, este pasaje relata la reconciliación. La exigencia de la reconciliación es la fidelidad en el futuro, sin ningún tipo de compensación (v. 3). Pero inmediatamente se desvela el símbolo: la reconciliación requerirá, «por mucho tiempo», la privación de apoyaturas humanas: ni rey, ni príncipe —como en los orígenes del pueblo elegido, antes de la monarquía—, sin cultos idolátricos, sin ritos adivinatorios (v. 4).

En su conjunto, estos tres capítulos del libro de Oseas constituyen un rico tratado del amor de Dios: «De ese modo, heredamos del Antiguo Testamento —casi en una síntesis especial— no solamente la riqueza de las expresiones usadas por aquellos libros para definir la misericordia divina, sino también una específica, obviamente antropomórfica, “psicología” de Dios: la palpitante imagen de su amor, que en contacto con el mal, y en particular con el pecado del hombre y del pueblo, se manifiesta como misericordia» (S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, nota 52). Pero de la imagen esponsal de Oseas se deducirá mucho más en el amplio desarrollo que tendrá a través de la Biblia. La primera parte del libro de Isaías apenas la menciona (Is 1,21), pero Jeremías la utiliza con hondura (Jr 2,2; 3,1-13) y Ezequiel dedica dos bellas alegorías al mismo tema (Ez 16 y 23); también la segunda parte de Isaías presenta la restauración como la reconciliación de la esposa infiel (Is 50,1; 54,6-7). El Cantar de los Cantares recibirá su legitimación teológica precisamente de estas imágenes. El Nuevo Testamento sigue utilizando la imagen esponsal con mayor profundidad: Jesús es el Esposo, en labios de Juan Bautista (Mc 2,19); el reino de los cielos se compara a unas nupcias (Mt 22,1-14; 25,1-13); el matrimonio cristiano es sacramento de la unión de Cristo con la Iglesia (Ef 5,25-33). Pero en este último texto se dibuja ya un cambio significativo. En Oseas «Dios ama» al pueblo como un esposo apasionado a su mujer, en San Pablo, «el esposo ha de amar» a su mujer como Cristo ama a su Iglesia.

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