COMENTARIO
Dos llamadas a escuchar (v. 1; cfr 5,1) enmarcan este capítulo como una unidad compuesta de varios elementos literarios y temáticos. En la primera estrofa (vv. 1-3), el Señor les «pone pleito» a los habitantes del país; en la segunda estrofa (vv. 4-8), el «pleito» se pone al sacerdote (v. 4) y al profeta (v. 5); finalmente (vv. 9-19) se anuncia el juicio y el castigo del sacerdote y del pueblo por sus pecados en el culto.
Los pecados del pueblo que se denuncian (vv. 1-2) son de orden moral y de dos tipos: faltas contra Dios (v. 1) y faltas contra el prójimo (v. 2); condensadamente, resumen casi las dos tablas del decálogo. Estas faltas se consideran tan graves que llegan a provocar la desolación de lo creado. A los sacerdotes, en cambio, se les reprocha que no enseñen la Ley de Dios al pueblo (v. 6); es más, desean el pecado del pueblo. Ése parece ser el sentido del v. 8: en efecto, según Lv 6,18-19, el sacerdote, que ofrece a Dios el sacrificio que el pueblo presenta por el pecado, puede comer parte de la víctima; el texto censura que los sacerdotes, en vez de recriminar al pueblo por sus delitos, parece que estén aguardando a que el pueblo peque para tener así asegurado el alimento por la abundancia de las víctimas del sacrificio. El motivo común a los dos pleitos es la falta de «conocimiento» (vv. 1.6). Esta expresión —como sustantivo y en forma verbal— aparece muchas veces en Oseas y es como un resumen de su exhortación. En el poema del capítulo segundo sobre las relaciones del pueblo con Dios se decía que Israel, como la mujer infiel, se apartaba de su Señor, porque no le «conocía» (cfr 2,10), y se le anunciaba para la época de restauración: «conocerás al Señor» (cfr 2,22). El conocimiento de Dios es la percepción de la verdadera identidad del Señor, que lleva a un trato íntimo con Él y a manifestaciones de rectitud moral. Así pasó también al Nuevo Testamento: «Nuestra fe tiene como ayuda el temor y la paciencia, y como aliados la longanimidad y el dominio de nosotros mismos. Si estas virtudes permanecen santamente en nosotros, en todo lo que atañe al Señor, tendrán la gozosa compañía de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento. El Señor nos ha dicho claramente, por medio de los profetas, que no tiene necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, cuando dice: ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?» (Epistula Barnabae 2).
En la última estrofa (vv. 9-19), se condenan sobre todo pecados referentes al culto. Se habla de delitos sexuales, pero se percibe que están enmarcados en faltas idolátricas, y probablemente también de sincretismo religioso, ya que los santuarios que se mencionan (v. 15) son santuarios del Señor, y las prácticas que se condenan son ritos cananeos. La advertencia a Judá del v. 15, la comentaba así San Jerónimo: «La idea del pasaje es la siguiente: Israel, si una vez te has equivocado al arrimarte a las meretrices, de tal manera que cualquiera que hubiera llenado su mano o la del rey, ofreciéndole o entregándole regalos, era nombrado sacerdote de los dioses, al menos tú, Judá, que posees Jerusalén y tienes a los levitas según la ley y practicas los ritos del Templo, no debes seguir los ejemplos de fornicación de la que en otro tiempo fue tu hermana Oholá (cfr Ez 23,4-5) y dar culto a los ídolos a la vez que a Dios. No entres en Guilgal, ciudad de la que leemos en este mismo profeta: “toda su maldad apareció en Guilgal” (Os 9,15) y en la que Saúl fue ungido rey y donde el pueblo estableció su primer campamento al salir del desierto y fue purificado con la segunda circuncisión. Desde aquella fecha se multiplicaron en este célebre lugar las desviaciones a cultos opuestos. Y no subas a Bet-Aven, es decir, a la que antaño se llamaba Betel, porque, después que fueron colocados allí los becerros de oro por Jeroboam, hijo de Nabat, ya no se llama Casa de Dios, sino casa del ídolo» (S. Jerónimo, Commentarii in Osee 4,15-16).