COMENTARIO

 Os 5,1-15 

Nuevo oráculo que comienza con la invitación a escuchar (v. 1): verbo frecuente en los escritos proféticos pero que en Oseas sólo se encuentra en 4,1 y aquí. Las circunstancias precisas a las que alude el profeta nos son desconocidas, pero algunos indicios del texto nos permiten un acercamiento razonable.

La denuncia se dirige a los dirigentes del pueblo: los sacerdotes, la casa de Israel y la casa del rey (v. 1). La acusación es de prostitución (vv. 3.4.7), que en el lenguaje de Oseas equivale a idolatría: culto a otros dioses que no son el Señor. El sentir de Dios en las palabras del profeta es muy claro: «Yo les conozco y ellos no me conocen» (cfr vv. 3-4). El pecado por el que Israel no conoce al Señor, no se convierte a Él, es la «arrogancia» (v. 5) que se deriva de sus «obras» (v. 4): Israel confía en sus obras y no en Dios.

La segunda parte del oráculo (vv. 8-15) puede ofrecer más luces sobre este pecado. El oráculo parece que alude a las guerras fratricidas entre Judá e Israel (vv. 10-11), y a la inestabilidad de los monarcas de Israel que acudieron al emperador de Asiria para fortalecerse (v. 13; cfr 2 R 15,19). Pero en las condiciones del momento, tal como denuncia Oseas, el pacto no puede ser sólo político, sino que conlleva elementos religiosos (cfr por ejemplo 2 R 16,1-20). Por tanto, parece que el pecado denunciado no es la falta de fe, como en Isaías (cfr Is 7,5-9), sino la indolencia, el sincretismo religioso: el Señor es un amante celoso, que no quiere compartir el amor de su pueblo.

El Señor anuncia el fracaso de esos pactos para que Israel le «busque» verdaderamente, no desde la arrogancia (cfr vv. 5-6), sino desde la necesidad (v. 15), con anhelo. Ésa es la enseñanza del pasaje y la que ha quedado en la tradición, también como motivo ascético: «Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: “Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro”. Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte (…). Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que Tú me enseñes, y no puedo encontrarte si Tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré» (S. Anselmo, Proslogion 1).

Volver a Os 5,1-15