COMENTARIO
La invitación a buscar al Señor con la que concluía el oráculo anterior (5,15), se sigue con la respuesta de estos primeros versículos (vv. 1-3): parecen las palabras del pueblo, conducido por sus representantes —el profeta o los sacerdotes— que, tras los fracasos (vv. 1-2), hace penitencia y vuelve hacia el Señor (v. 3). Sin embargo, el Señor, por boca del profeta, les dice que ese amor, que debe ser fiel —los vv. 4.6 usan la expresión hesed—, no es tal: es como el rocío y la bruma matinal, que despiertan con la aurora pero son incapaces de aguantar el peso del día y del calor. De ahí también la referencia, un tanto enigmática del v. 7: «Adam» puede referirse al primer hombre, pero también a una ciudad que estaba en la entrada de la tierra prometida, donde se detuvieron las aguas del Jordán para que el pueblo entrara en ella (Jos 3,16); en uno y en otro caso el sentido es muy semejante: la transgresión de la Alianza tiene raíces profundas, casi en su inicio; la fidelidad sólo dura lo que el rocío de la mañana.
Frente a ello, el Señor les enseña en qué consiste el culto verdadero que Él quiere: «amor fiel» y «conocimiento de Dios» (v. 6). Las primeras palabras de este versículo han tenido mucho eco en la tradición cristiana, porque son expresión certera del culto interior a Dios, y porque aparecen más de una vez en la boca de Nuestro Señor Jesucristo (cfr Mt 9,13; 12,7), como fundamento de su enseñanza que lleva a no juzgar para condenar, sino a salvar: «Dios quería de los israelitas, por su propio bien, no sacrificios y holocaustos, sino fe, obediencia y justicia. Y así, por boca del profeta Oseas, les manifestaba su voluntad, diciendo: Quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos. Y el mismo Señor en persona les advertía: Si comprendierais lo que significa: “Quiero misericordia y no sacrificios”, no condenaríais a los que no tienen culpa, con lo cual daba testimonio a favor de los profetas, de que predicaban la verdad, y a ellos les echaba en cara su culpable ignorancia» (S. Ireneo, Adversus haereses, 4,17,4).
En el v. 2, la frase «en dos días nos hará revivir, y al tercero nos levantará» es un modo de indicar un breve tiempo. Algunos escritores cristianos desde Tertuliano vieron en esta frase una referencia a la sepultura y resurrección de Cristo; sin embargo, en el Nuevo Testamento nunca se cita a este propósito. No obstante, a la fórmula neotestamentaria «resucitó al tercer día según las Escrituras» (cfr por ej., 1 Co 15,4 y las palabras de Jesús en la aparición en el Cenáculo de Lc 24,46) no podría negársele sin más algún fundamento en Os 6,2 (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 627).