COMENTARIO
La unidad de este pasaje está marcada por dos verbos en imperativo (v. 1; cfr 9,1). Una primera estrofa (vv. 1-7) presenta la orden de Dios a Oseas de hacer de heraldo del mensaje divino —toque del cuerno o trompeta— acerca del peligro que se cierne, como águila que revolotea, sobre «la casa del Señor», probablemente el santuario de Betel (v. 1). Ante el peligro, el pueblo invoca (v. 2) «¡Dios mío!», y añade como mérito para ser escuchado que ellos le reconocen como su Dios: «Nosotros, Israel, te conocemos».
Pero el Señor, a través del profeta, dice que eso no es verdad: Israel no le conoce porque «ha rechazado el bien» (v. 3). Dos pecados son los que condena el profeta: en primer lugar, actuar al margen de Dios, nombrando «reyes» y «príncipes» sin contar con Él (v. 4); en segundo lugar, fabricar ídolos de oro y plata. Sobre todo se enfatiza la fabricación del becerro de Samaría (vv. 4-5). Las acciones de Israel no son indiferentes. Por eso, con un proverbio —«los que siembran vientos cosecharán tempestades»— y una máxima de corte sapiencial anuncia el castigo (vv. 6-7).
El castigo anunciado en el v. 7 —ser tragado por extraños— se ve cumplido ahora en el primer versículo (v. 8) de la segunda estrofa (vv. 8-14). Ésta se centra en la denuncia de los pactos con naciones extranjeras (vv. 9-10) y en las consecuencias de idolatría que se derivan de ellos (vv. 11-13). El profeta comienza anunciando que de nada van a servir los pactos que busca Israel con potencias extranjeras, probablemente el tributo pagado al rey de Asiria (vv. 8-10). El sentido de estos tres versículos parece ser: Israel, que de por sí es un onagro, animal solitario y espantadizo, vivía libre; ahora busca pactos que atentan contra su propia naturaleza y no van sino a quitarle la libertad, teniendo que soportar la carga del «rey de príncipes», esto es, del rey de Asiria (v. 10). A continuación, denuncia las consecuencias para el culto que tienen estos acuerdos políticos: se multiplican los altares, pero, al estar mezclados con ritos idolátricos cananeos, en vez de expiar los pecados, los multiplican (v. 11). Además, los mismos holocaustos que se hacen al Señor no le son gratos ya que no van unidos al cumplimiento de la Ley del Señor (vv. 12-13). Se renueva así la invitación al sacrificio interior expuesta ya en 6,6: «El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu contrito…” (Sal 51,19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior o sin amor al prójimo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2100). Por ello, el profeta ve que Israel necesita una purificación, y de ahí la amenaza de volver a Egipto, es decir, a la situación de esclavos (v. 13).
El último versículo retoma el tema del «olvido de Dios». Al construir palacios y fortalezas, Israel muestra que «ha olvidado a su Hacedor», que no confía en Él: si Asiria «devora» parte del territorio (vv. 8-9), ahora el fuego de Dios «devorará» las fortalezas en que confiaba (v. 14). El «olvido del Señor» es un tema querido de Oseas: cfr 2,15; 4,6. En cambio, la amenaza de destrucción por fuego que Dios envía es tema repetido en Amós (cfr Am 1,4.7.10.12; 2,5).