COMENTARIO

 Os 11,1-11 

La segunda parte del libro de Oseas acaba con este oráculo enternecedor que resume una vez más las relaciones de Dios y su pueblo: el Señor es fiel, Israel no lo es, pero el Señor, por fidelidad a Sí mismo (v. 9), proclama de nuevo su bendición para el pueblo. El lector cristiano reconoce enseguida en el v. 1 un texto aplicado a Jesús en el Nuevo Testamento (Mt 2,15).

La novedad del poema está en que si antes esta fidelidad se proclamaba bajo la imagen del esposo, ahora se hace bajo la imagen del padre: «El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos. Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades; llegará hasta el don más precioso: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 219).

El oráculo está puesto en boca del Señor —excepto el v. 10— para subrayar la implicación de Dios con su pueblo. Desde su origen (v. 1) el Señor amó a Israel como a un hijo, y desde el origen Israel fue un hijo rebelde (v. 2); el Señor le crió (v. 3), multiplicando los «vínculos de afecto» (v. 4) —literalmente «con cintas de hombre», en contraste con las cuerdas para atar animales—, pero Israel es proclive a apartarse de su Señor (v. 7). Entonces, en un arranque de enojo, el Señor decide castigar a su pueblo y convertirlo en esclavo (vv. 5-6). Pero este enfado dura poco, porque, «incluso cuando exasperado por la infidelidad de su pueblo el Señor decide acabar con él, siguen siendo la ternura y el amor generoso para con el mismo lo que le hace superar su cólera» (S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 4).

Aquí es donde se expresa el alcance de la ternura paternal de Dios. Si en los capítulos iniciales el amor de Dios por Israel era comparado al amor loco y apasionado de un esposo por su mujer infiel, aquí se expresa con el amor imborrable de un padre por un hijo ingrato. El solo pensamiento de abandonar a Israel le rompe al Señor por dentro (cfr v. 8). De esta manera, el profeta nos enseña algo de la «psicología» de Dios: el amor de Dios por su pueblo, y a la postre por la criatura humana, reúne por superación los amores humanos, el amor paternal y el esponsal, que son sólo reflejos parciales del amor divino: «Dios es espíritu puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos. Pero las “perfecciones” del hombre y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre y las de un padre y esposo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 370).

El oráculo de salvación se completa en los versículos finales. Dios perdona a Israel, incluso invoca su trascendencia (v. 9) para confirmar el perdón. La riqueza del pasaje la comprendemos mejor si nos damos cuenta de que no se menciona todavía la conversión de Israel: tanto el amor primero como la reconciliación son iniciativa divina. La conversión (vv. 11-12) es resultado del amor previo del Señor.

El Evangelio de San Mateo (2,15) ve cumplida la profecía de 11,1 en la huida y vuelta de Egipto de Jesús niño: según el evangelista, Jesús asume en su vida la historia de su pueblo, en Él Dios cumple las viejas promesas de renovación del pueblo de Israel.

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