COMENTARIO

 Os 12,1-15 

Es una unidad bien trabada en la que se evocan hechos de la época patriarcal y se proyectan a la situación contemporánea para extraer enseñanza actualizada y viva. El texto es de gran importancia desde el punto de vista de la historia redaccional del Antiguo Testamento, pues siendo la predicación de Oseas muy antigua (mediados del siglo VIII), muestra conocer a fondo la historia de Jacob y de algunas tribus; en este aspecto, el libro de Oseas es relevante para la reconstrucción de la formación del Pentateuco.

Oseas siente profundamente la solidaridad de las antiguas generaciones con las presentes. Así, en los vv. 5-6 se dice que el Señor «lo encontró en Betel y allí habló con nosotros el Señor, Dios de los ejércitos, cuyo Nombre es el Señor». El profeta considera que Dios habló en Jacob con todas las generaciones. Algunas versiones modernas, occidentales, corrigen «con nosotros» por «con él», pasando por alto la mentalidad y la teología de la solidaridad que expresa el texto original, pues la profecía actualiza la acción pasada aplicándola al presente del escritor sagrado y trascendiendo de la singularidad del patriarca a la pluralidad del pueblo. Tal solidaridad será característica del Antiguo Testamento y desembocará también en el Nuevo. Un ejemplo, entre muchos, es la Carta a los Hebreos 7,9-10: «Y, por decirlo así, también Leví, que recibe los diezmos, los pagó entonces a través de Abrahán, porque estaba ya en las entrañas de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro».

El argumento de este oráculo es relativamente claro: Israel es mentiroso y busca pactos con extranjeros (vv. 1-2), lo cual no es de extrañar, pues Israel es como su padre, Jacob, suplantador desde el seno materno (v. 4). También Israel, como su padre, lucha contra Dios, y después le pide la bendición (v. 5). En este contexto, el profeta alterna reproches, promesas de reconciliación y amenazas de castigo, con alusiones a hechos pasados y recientes (vv. 7-15), que articulan el desarrollo del discurso: inculpación a Canaán —con un juego de palabras con su significado de traficante (v. 8)—; reproche a Efraím (v. 9); referencia a la unicidad y majestad de Dios por medio de su nombre, «el Señor» (Yhwh, v. 10); y recuerdo de las iniquidades en la región de Galaad y en Guilgal (v. 12). Finalmente, una nueva evocación de Jacob en su huida al país de Aram (v. 13, cfr Gn 29) se pone en contraste con Moisés (v. 14), aunque sin mencionarlo por su nombre: le llama profeta (v. 14) porque por medio de los profetas el Señor trascendente guió y guía a su pueblo (v. 11). La conclusión de Oseas profeta es evidente: Efraím merece un castigo por sus culpas (v. 15).

Las circunstancias históricas que se vislumbran detrás del oráculo son muy semejantes a las expuestas en los oráculos anteriores: pactos con naciones extranjeras (v. 2), faltas contra los mandamientos (v. 7), apartarse de Dios en situación de prosperidad (v. 9), etc. Resulta extraña la mención de Judá del v. 3. Algunos autores piensan en una adición para actualizar la profecía de Oseas en el reino de Judá, desaparecido ya el de Israel.

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