COMENTARIO

 Os 13,1-14,1 

El pasaje forma una unidad con cuatro oráculos de juicio y castigo. El siguiente oráculo (cfr 14,2) comienza con una exhortación a la conversión. Los oráculos son: condena de Efraím por su idolatría (13,1-3); palabras del Señor que recuerda sus beneficios y castigará a su pueblo por la ingratitud (13,4-8); destrucción de Israel y desaparición de su monarquía, mediante dos interrogaciones retóricas que enfatizan la inexorabilidad del castigo (13,9-11); vaticinio de muerte y destrucción de Efraím (13,12-15) que concluye con una sentencia condenatoria (14,1).

Los dos primeros oráculos recogen la condena de pecados recurrentes en el Israel que contempla el profeta: la idolatría (13,2) y el olvido de Dios en la hora de la prosperidad (13,6). Frente a estas faltas, el Señor, ahora (13,4-5) como antes (12,10), proclama su derecho originario a ser el Dios de Israel: «Yo soy el Señor, tu Dios, desde la tierra de Egipto». La fórmula empleada en este oráculo recuerda la que iniciaba los mandamientos del Decálogo (cfr Ex 20,2 y nota; Dt 5,6). Con ella se proclama un radical monoteísmo de Israel en el que está también en juego su identidad: si pierden a Dios pierden también su derecho a ser pueblo, vuelven al estado de esclavitud anterior al momento en que Dios se fijó en ellos. De ahí la importancia de conocer verdaderamente a Dios (v. 4): «En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella, en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria» (S. Basilio, De humilitate 3).

Esta radicalidad del pecado de Israel —han faltado a su origen— explica también que la condena, que se expone en los dos oráculos siguientes, sea irremisible: Israel va a ser destruido (13,9), no tendrá rey (13,13), ni fruto del que gozarse (13,15); es más, su caída será sangrienta (14,1). Es posible que detrás de estos oráculos el profeta vislumbrase la inminente caída del rey Oseas (13,9-11) —en un juego de palabras irónico, pues Oseas significa «Dios salva»— y del reino de Israel, cuya capital es Samaría (14,1) en el año 721 (cfr 2 R 17,1-6). La segunda parte de 13,14, con algunos cambios y con un sentido distinto al de este texto, es evocada por San Pablo (1 Co 15,54) para apoyar el triunfo de Jesucristo sobre la muerte.

Volver a Os 13,1-14,1