COMENTARIO

 Os 14,2-9 

El oráculo final retoma el movimiento que preside todo el libro de Oseas: a la denuncia de la infidelidad de Israel, le sigue una bendición del Señor. Así ocurría en el episodio de la vida de Oseas que abría el libro (1,2-2,3), en el poema central (2,4-25), y en la primera parte de los oráculos (4,1-11,11). La novedad de este oráculo estriba en que antes la salvación y el perdón se ofrecían por parte del Señor de manera espontánea y generosa, sin que a Israel se le pidiera nada; en cambio, ahora (vv. 2-4) el profeta le pide la conversión, para que Dios pueda curar su infidelidad (v. 5).

El oráculo deja que hablen el profeta (vv. 2-4) y el Señor (vv. 5-9). Las palabras del profeta son una exhortación a la conversión (v. 2) y una oración propia de una liturgia penitencial (vv. 3-4) en la que aparecen expresamente mencionados los pecados de Israel: la confianza en los pactos políticos antes que la confianza en el Señor, y el culto a los baales como si fueran dioses.

Las palabras del Señor (vv. 5-9) ofrecen benignamente la reconciliación al pueblo y el remedio contra su infidelidad. Después anuncian una era paradisíaca de amor entre el Señor y su pueblo expresada en imágenes sugerentes: el rocío, la fragancia del Líbano, el trigo y la vid representan los bienes que el Señor, y no los baales, concede a su pueblo; el Señor se presenta como un ciprés, siempre verde, para significar su estabilidad, su ausencia de caducidad. La conclusión del libro es así clara: ante el amor del Señor, el pueblo no puede sino corresponder: «El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?» (S. Bernardo, In Cantica Canticorum 83,5).

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