COMENTARIO
Los versículos anteriores eran prácticamente una preparación para este oráculo final en el que se muestran el juicio y la victoria del Señor. «El valle del Jarús», o de la Decisión, o del Trillo (v. 14), es el mismo valle que el de Josafat. El Juicio divino en el día del Señor es comparado a la siega, de ahí la posible traducción de «Jarús» por «trillo». Tendrá el resultado conocido: el Señor salvará a sus fieles y destruirá a sus enemigos. El Catecismo de la Iglesia Católica se apoya también en este texto, junto con Dn 7,10 y Ml 3,19, cuando enseña la verdad del juicio final (cfr nota a Jr 51,56), en el que Dios Padre «pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último» (n. 1040).
En el centro del oráculo están los vv. 16-17, cuando Joel ve al Señor habitando triunfante en Jerusalén, y protegiendo a su pueblo para el que es refugio y fortaleza (cfr Sal 46). Esa visión del Señor habitando en su Templo de Jerusalén se prolongó en la tradición bíblica y es probablemente una de las imágenes que están en la base de la expresión del cuarto evangelio cuando dice que el Verbo, que era Dios, «habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Del mismo modo, la expresión del v. 17, que hace de Jerusalén un lugar santo por el que no pasarán extranjeros (cfr también Is 52,1; Jr 31,40; Za 9,8), dio lugar más tarde al «muro de separación» que prohibía a los extranjeros el paso al Templo propiamente dicho, bajo pena de muerte. Éste es el muro que simbólicamente ve derribado San Pablo con el sacrificio de Cristo, eliminando la separación entre judío y gentil, de modo que «creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo, estableciendo la paz y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad» (Ef 2,16). «La pasión del Salvador hizo las paces entre la circuncisión y la no circuncisión. Pues el Salvador disolvió la enemistad que, como pared por medio, dividía la circuncisión de la no circuncisión, y a la no circuncisión de la circuncisión; ordenando que ni el judío reprobara al gentil presumiendo de la circuncisión, ni el gentil abominara al judío seguro de la no circuncisión, es decir, de su paganismo; sino que ambos renovados sigan la fe del Dios único en Cristo» (Ambrosiaster, Ad Ephesios 2,14).