COMENTARIO
La primera parte del libro es como una introducción a la segunda, que es donde se expone y desarrolla el mensaje más importante. La lectura de estos dos primeros capítulos nos informa acerca de dos aspectos trascendentales de la narración, referentes a la acción y a los personajes. En cuanto a la acción, los episodios explican cómo los designios de Dios se cumplen inexorablemente: Jonás no quiere cumplir la voluntad de Dios, pero la cumple a pesar de sí mismo, ya que al final (cfr 3,1-2) está como al principio (cfr 1,1-2); además, unos marineros han aprendido a invocar al Señor, el único Dios.
Pero esta parte sirve sobre todo para presentar a los personajes de la narración: Dios, los paganos y Jonás. El Señor, Dios de Israel, como bien sabe Jonás, es el «Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra firme» (1,9), y es, además, el Justo, que no imputa sangre inocente, y que hace todo según su beneplácito (1,14). Su dominio sobre los elementos animados (2,1.11) e inanimados (1,4.15), y sobre el destino (cfr 1,7) no hace sino corroborar con hechos estas afirmaciones.
Los marineros, paganos, son ejemplo de religiosidad y humanidad (cfr nota a 1,4-16).
Y, finalmente, Jonás es el personaje que da ilación al relato. Al principio se puede recibir una primera impresión negativa acerca de él si nos fijamos sólo en que huye del Señor (1,3). Sin embargo, el texto no ahorra las notas positivas del profeta: Jonás no tiene reparo en confesar, con obras (1,12) y con palabras (1,9), que adora al Señor, el Dios del cielo y la tierra (1,9). Es también un hombre piadoso: desde el vientre del pez reza al Señor (2,2) con oraciones propias de un israelita agradecido (2,2-10). Sobre todo, lo que define a Jonás, a juicio del autor sagrado, es la incongruencia: ahora (1,9) confiesa que el Señor es el que domina el mar y la tierra y, sin embargo, quiere escapar de su presencia; después confesará que es misericordioso (cfr 4,2), pero pedirá para los ninivitas castigo y no misericordia.
Hay un último rasgo que define a Jonás. A pesar de su desobediencia al mandato de Dios, Jonás tiene algo de lo que carecen los marineros paganos: sólo él conoce al verdadero Dios y, por tanto, sólo él posee la solución cuando se presenta el peligro (1,12.15). Si tenemos en cuenta que el nombre de Jonás significa «paloma» —un apelativo con el que otros lugares de la Biblia (Os 7,11; 11,11; etc.) designan a Israel—, podemos pensar que si los marineros simbolizan a los paganos, Jonás representa en cierta manera a Israel. El libro habla pues de la función de Israel en el mundo. Dice San Jerónimo a este propósito: «Los doce profetas, encerrados en un único volumen, prefiguran cosas distintas de aquellas que revelan cuando son interpretados sólo a la letra (…). Jonás, paloma bellísima, prefigura la pasión del Señor; llama al mundo a la penitencia, y bajo el nombre de Nínive, anuncia la salvación a los gentiles» (Epistulae 53).