COMENTARIO
En esta visión el profeta contempla la estructura social y religiosa del pueblo tal como Dios la quiere a la vuelta del destierro. El candelabro de oro significa la comunidad; las siete lámparas, la gloria de Dios sobre ella; y los dos olivos, el poder social y religioso representados, respectivamente, en Zorobabel y Josué. Zorobabel llevará a cabo la tarea de terminar la reconstrucción del Templo bajo el auxilio del Espíritu de Dios, y venciendo todas las resistencias simbolizadas en el «monte excelso» (v. 7). Así va a llegar una época extraordinaria de paz y alegría a pesar de la modestia de los comienzos, es decir, de los pocos medios con que contaban para la reconstrucción del Santuario. Tanto el sacerdote Josué como el gobernador Zorobabel estarán al servicio de la comunidad y de la gloria del Señor (v. 11). Ambos son llamados «hijos del aceite» (v. 14), que viene a significar «ungidos». De aquella situación, interpretada de esta forma por el profeta, va a surgir la esperanza en la llegada de un Mesías sacerdotal y de otro davídico, tal como aparecerá más tarde en algunos escritos judíos que no pasaron a formar parte de la Biblia (cfr nota a 6,9-15). Los Apóstoles de Jesús, en cambio, entendieron que Él era el Mesías davídico y el Mesías sacerdotal, si bien por la línea de Melquisedec (cfr Hb 5,5-10; 7,1-3). «En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes (cfr 1 S 9,16; 10,1; 16,1.12-13; 1 R 1,39), de los sacerdotes (cfr Ex 29,7; Lv 8,12) y, excepcionalmente, de los profetas (cfr 1 R 19,16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cfr Sal 2,2; Hch 4,26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cfr Is 11,2) a la vez como rey y sacerdote (cfr Za 4,14; 6,13) pero también como profeta (cfr Is 61,1; Lc 4,16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 436).
Los santos padres interpretaron de formas diversas el simbolismo de los elementos de los que habla el pasaje. Así, sobre el candelabro de oro, dice Dídimo el Ciego que «el ser todo de oro muestra que el candelabro entero con todas sus luces es espiritual e inmaterial» y que «sobre el candelabro todo de oro hay una lámpara: la luminosa doctrina de la Trinidad». Y dice también que «en otro sentido el candelabro representa el alma y la carne que el Salvador ha asumido en su venida. ¿Cómo podría no ser del todo de oro aquel candelabro que no ha cometido ni conocido pecado, sobre el que hay siete lamparas, el espíritu de sabiduría y de inteligencia, el espíritu del consejo divino y de poder, de conocimiento, de piedad, de temor de Dios?». En cuanto a los dos olivos escribe el mismo autor: «Considera atentamente si acaso el estudio de las cosas espirituales y de los carismas del Espíritu Santo no sea el aceite que se recoge del olivo de la derecha, mientras el estudio del cosmos, de su estructura y de la organización providencial por parte de Dios no sea el aceite sacado del olivo de la izquierda… Pero según otra interpretación se piensa que el olivo puesto a la derecha de la lámpara sea la contemplación del Hijo de Dios, mientras el olivo de la izquierda alimenta la doctrina de la encarnación. En efecto, también éste ilumina, pero no como la contemplación que precede y que está a la derecha» (Commentarii in Zacchariam 277-284). San Cirilo de Alejandría en cambio interpreta que «el candelabro representa también a la Iglesia, tan honrada por el mundo, brillantísima por la virtud, tan sublime por los mandamientos del verdadero conocimiento de Dios. Sobre ella está la antorcha, esto es, Cristo, del que dice Dios Padre: Por amor de Sión no callaré… hasta que surja como luz su justicia y mi salvación sea encendida como una antorcha (Is 62,1). (…) Los dos olivos, puestos uno a la derecha y otro a la izquierda de la antorcha simbolizan los dos pueblos dispuestos como en círculo alrededor de Cristo. Unos eran producto del olivo cultivado, es decir, de la sinagoga judía; otros brotaron del olivo silvestre, es decir, de la multitud de los paganos. Injertados en el olivo cultivado se hicieron partícipes de la savia de la raíz, como dice el bienaventurado Pablo (cfr Rm 11,17)» (Commentarius in Zacchariam 4,1-3).