COMENTARIO
El amor de Dios por Israel recorre toda la Sagrada Escritura y, en especial, el libro del Deuteronomio (Dt 4,37; 7,7-15; etc.). Esta tesis es contestada ahora por el pueblo: «¿En qué se nota tu amor?» (v. 2). Malaquías se apoya ante todo en la afirmación de la elección singular y gratuita de Dios: «Amé a Jacob y odié a Esaú» (vv. 2-3). Después ofrece la argumentación. Una prueba clara de ese amor se descubre en hechos del pasado reciente, evocados en los vv. 3-4. Los edomitas, descendientes de Esaú (Gn 36,1), habían sufrido la invasión de su territorio por parte de los árabes. La rivalidad entre edomitas e israelitas era ancestral. El libro de Abdías, por ejemplo, señala la alegría de los edomitas por el destierro de Israel. Por eso, desde el punto de vista israelita, la invasión del territorio de Edom es una bendición ya que favorece la restauración de Israel. Aún eso es poco. Por mucho que se empeñen los edomitas en restablecerse, el Señor es más grande y, lo que importa más, Él no cambia, sigue amando a Israel (cfr 3,6). El pueblo lo verá y se asombrará (v. 5).
Estos cinco versículos ofrecen así el fundamento de todo cuanto se dirá en el libro. En un contexto de apatía general del pueblo, el profeta les recuerda que el amor de Dios exige correspondencia. San Pablo (cfr Rm 9,13) utilizará la frase de los vv. 2-3, para enseñar que la elección de Dios precede a los méritos. San Cirilo de Alejandría comenta así el pasaje: Dios «eligió a Jacob, de quien desciende la estirpe judía, y rechazó a Esaú, pero no por capricho —pues Dios no es injusto ni emite ninguna sentencia inicua o infundada contra ningún mortal—, sino que, conociendo, en cuanto Dios, las acciones futuras y los sentimientos de ambos, retuvo como digno de amor al mejor, a aquel más devoto de Dios (…). Y el divino Pablo afirma que también nosotros, justificados por la fe, hemos sido santificados de la misma manera» (Commentarius in Malacchiam 4).