COMENTARIO
La tesis del profeta radica en que el Señor es para ellos como un padre, pero ellos no honran al Señor como un hijo debe honrar a su padre (1,6; cfr Dt 5,16). Los sacerdotes preguntan entonces dónde están sus faltas (1,6-7), y Malaquías les responde diciendo que profanan el nombre del Señor cuando, faltando a las leyes rituales (cfr Lv 22,17-25), ofrecen animales tarados (1,8-10.13-14). Frente a la mezquindad de esos sacrificios, que ofenden incluso al sentido común (cfr 1,8), el profeta anuncia un sacrificio universal y puro que sí agradará a Dios (1,11).
La afirmación de la universalidad del sacrificio, y de su pureza aunque se ofrezca fuera del Templo de Jerusalén, sorprende en labios de un profeta de la restauración que, además, pone énfasis en el culto como manifestación de fidelidad a la Alianza. No es fácil pensar que se refiera al culto en la diáspora, ni cabe imaginar ningún tipo de sincretismo con otras religiones. Probablemente, con esas expresiones que marcan los contrastes, quiere señalar el valor relativo que tiene para el Señor el culto que se le tributa en Jerusalén; pero, más allá de las circunstancias iniciales, el oráculo mira a una situación ideal. Por eso, los primeros escritores cristianos entendieron este anuncio como una profecía del sacrificio de la Eucaristía: «Reunidos cada domingo, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro. Pero todo aquel que tenga alguna contienda con su compañero, no se reúna con vosotros sin antes haber hecho la reconciliación, a fin de que no se profane vuestro sacrificio. Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor: En todo lugar y en todo tiempo se me ofrecerá un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones» (Didaché, 14,1-3). Esta interpretación, que recorre prácticamente toda la Patrística, fue recibida en el Magisterio: «Y ésta es, por cierto, aquella oblación pura, que no se puede manchar por indignos y malos que sean los que la hacen; la misma que predijo Dios por Malaquías, que se había de ofrecer limpia en todo lugar a su Nombre, que había de ser grande entre todas las gentes» (Conc. Trento, Doctrina sobre el sacrificio de la Misa, cap. 1).
La segunda parte del oráculo (2,1-9) es una exhortación a los sacerdotes. El profeta les reprocha que no honren al Señor (2,1; cfr 1,6) y que conduzcan a muchos a tropezar «con vuestra enseñanza» (2,8), o bien «con la Ley» —que de las dos maneras puede ser interpretado el texto— y, además, que hagan acepción de personas (2,9); en definitiva, corrompen la alianza que el Señor hizo con Leví (2,4-5; cfr Dt 18,1-8; 33,8-11). Para que su ministerio sea eficaz (2,2-3), el profeta exhorta a los sacerdotes a vivir las virtudes que descubre en Leví: el temor de Dios, la humildad, y la veracidad en el hablar (2,5-6). Este último aspecto se subraya especialmente: el sacerdote no habla por sí mismo, es mensajero, mal’ak, del Señor, y sus palabras deben ser sabiduría de la Ley (2,7). El Concilio Vaticano II evoca este texto, cuando recuerda la misión de predicar encomendada a los sacerdotes: «El Pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la palabra de Dios vivo, la cual es muy lícito buscarla en la boca del sacerdote. Nadie puede salvarse si antes no ha tenido fe. Por eso los presbíteros, como colaboradores de los obispos, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios. Así, cumpliendo el mandato de Cristo (…) construyen y acrecientan el Pueblo de Dios» (Presbyterorum ordinis, n. 4).