COMENTARIO

 Ml 3,6-12 

Según la Ley (cfr Nm 18,20ss.; Dt 14,22ss.), la décima parte de los frutos de la cosecha se debía entregar al Templo para el sustento de los levitas. Valiéndose de un juego de palabras —los israelitas defraudan (‘aqab) el diezmo (vv. 8-9), porque son hijos de Jacob (v. 6), el que engaña (qaba’)—, el profeta fustiga a sus conciudadanos porque están incumpliendo esta ley de los diezmos, al menos en su integridad (cfr v. 10).

Es posible que una plaga de langostas hubiera «devorado» las cosechas (cfr v. 11) y que aquellos israelitas estuvieran simplemente esperando tiempos más fructíferos para cumplir todo lo establecido en la Ley. Pero el razonamiento del profeta, muy semejante al que podría hacer un escritor deuteronomista, es el inverso: si cumplen la Ley, las normas de la Alianza, el Señor les bendecirá, y hará que la tierra multiplique sus frutos (cfr vv. 11-12). La enseñanza no deja de ser actual: «No caigas en un círculo vicioso: tú piensas: cuando se arregle esto así o del otro modo seré muy generoso con mi Dios. ¿Acaso Jesús no está esperando que seas generoso sin reservas para arreglar Él las cosas mejor de lo que imaginas? Propósito firme, lógica consecuencia: en cada instante de cada día trataré de cumplir con generosidad la Voluntad de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 776).

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