COMENTARIO
Se recoge aquí un conjunto de enseñanzas de Jesús que se refieren principalmente a lo que debe ser la vida de la Iglesia. El primer grupo de exhortaciones (vv. 33-41) relata dos episodios en los que el Señor indica las actitudes que debemos vivir los cristianos. El primero nace en una discusión mantenida a espaldas de Jesucristo. El Señor adoctrina a los discípulos sobre el modo de ejercer la autoridad en la Iglesia (vv. 33-35): no como quien domina, sino como quien sirve. Él, que es Cabeza y Legislador supremo, vino a servir y no a ser servido (10,45). Quien no busca esta actitud de servicio abnegado, además de carecer de una de las mejores disposiciones para el recto ejercicio de la autoridad, se expone a ser arrastrado por la ambición del poder, por la soberbia y por la tiranía: «Hacer cabeza en una obra de apostolado es tanto como estar dispuesto a sufrirlo todo, de todos, con infinita caridad» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 951). Después, a propósito del que expulsaba demonios en nombre de Cristo, el Señor les enseña a tener amplitud de miras en el crecimiento del Reino de Dios (vv. 38-40) y les previene —a ellos y a nosotros— contra el exclusivismo y el espíritu de partido único.
Ambos episodios finalizan (vv. 36-37.41) con una novedosa doctrina que Jesucristo predicó en otras muchas ocasiones (cfr Mt 25,40.45): los cristianos debemos reconocerle en el necesitado, o sea, en un niño que nada puede por sí mismo (vv. 36-37), o en el discípulo que se ha desprendido de todo para seguir el ejemplo de su Maestro (v. 41). No importa cuánto se ofrezca, pero sí importa el amor con que se haga: «¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor de Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al juicio humano; pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente por ello aumento de caridad» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 3,2).
La siguiente parte del pasaje (vv. 42-50) comprende unas exhortaciones ante el peligro del escándalo: las acciones, las actitudes o los comportamientos que pueden arrastrar a otros a obrar mal (cfr nota a Mt 18,1-14). Van expresadas con tintes graves, que muestran aspectos de la radicalidad de la ética cristiana, y sientan las bases de la doctrina moral sobre la ocasión de pecado: estamos tan obligados a evitar la ocasión próxima de pecado como el pecado mismo. El bien eterno de nuestra alma es superior a toda otra estimación de bienes temporales. Por tanto, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros.
Algunos manuscritos añaden: «Donde su gusano no muere y el fuego no se apaga», en los vv. 44 y 46. Son palabras tomadas del profeta Isaías (Is 66,24), que formaban así un estribillo con el v. 48.