COMENTARIO
En la breve descripción del grupo de discípulos anterior a la venida del Espíritu Santo hay varios aspectos significativos.
En primer lugar, el evangelista señala tres grupos de personas: los Once, testigos de la vida pública de Jesús y de su resurrección; las mujeres, testigos de su muerte, sepultura y resurrección; y María, la Madre del Señor, testigo privilegiado de la infancia y la vida oculta de Cristo. La primera comunidad es testimonio autorizado de la vida de Jesús.
El texto informa también de un rasgo peculiar de los primeros tiempos de la Iglesia: «Es una anotación insistente en el relato de la vida de los primeros seguidores de Cristo: todos, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en la oración (Hch 1,14) (…). La oración era entonces, como hoy, la única arma, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la lucha interior» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 242).
El escritor sagrado destaca la presencia de María entre los Apóstoles. La Tradición, al contemplar y meditar este cuadro, ha concluido que en él aparece la maternidad que la Virgen ejerce sobre toda la Iglesia, tanto en su origen como en su desarrollo: «En la economía de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu Santo, se da una particular correspondencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María de Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del “nacimiento del Espíritu”. Así la que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace —por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo— presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue siendo una presencia materna» (S. Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 24).
El texto habla de los «hermanos» de Jesús (v. 14), expresión que aparece también en los evangelios, y que tiene el significado amplio de parientes, sin especificar el grado. La Iglesia, iluminada por el Espíritu, ha confesado siempre que la Virgen no tuvo más hijos que Jesús: cfr notas a Mt 1,18-25; 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21.