1Hch1Escribí el primer libro, Teófilo, sobre todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar 2hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por el Espíritu Santo a los apóstoles que él había elegido, fue elevado al cielo. 3También después de su Pasión, él se presentó vivo ante ellos con muchas pruebas: se les apareció durante cuarenta días y les habló de lo referente al Reino de Dios. 4Mientras estaba a la mesa con ellos les mandó no ausentarse de Jerusalén, sino esperar la promesa del Padre:

—La que oyeron de mis labios: 5que Juan bautizó con agua; ustedes, en cambio serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.

La Ascensión

6Los que estaban reunidos allí le hicieron esta pregunta:

—Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?

7Él les contestó:

—No es cosa suya conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder, 8sino que recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

9Y después de decir esto, mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. 10Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas 11que dijeron:

—Hombres de Galilea, ¿qué hacen mirando al cielo? Este mismo Jesús, que de entre ustedes ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le han visto subir al cielo.

PRIMERA PARTE:
LA IGLESIA EN JERUSALÉN

I. EL GRUPO DE LOS DISCÍPULOS EN JERUSALÉN

El Colegio Apostólico

12Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén a la distancia de un camino permitido el sábado. 13Y cuando llegaron subieron al Cenáculo donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago. 14Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos.

Elección de San Matías

15En aquellos días Pedro, puesto de pie en medio de los hermanos —se habían reunido allí unas ciento veinte personas—, dijo:

16—Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura que el Espíritu Santo predijo por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús, 17pues se contaba entre nosotros y se le había hecho partícipe de este ministerio. 18Adquirió un campo con el precio de su pecado, cayó de cabeza, reventó por la mitad y se desparramaron todas sus entrañas. 19Y el hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, de modo que aquel campo se llamó en su lengua Hacéldama, es decir, «Campo de sangre». 20Pues está escrito en el libro de los Salmos:

Que su morada quede desierta

y no haya quien habite en ella.

Y que su cargo lo ocupe otro.

21»Es necesario, por tanto, que de los hombres que nos han acompañado todo el tiempo que el Señor Jesús vivió con nosotros, 22empezando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado de entre nosotros, uno de ellos sea constituido con nosotros testigo de su resurrección.

23Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. 24Y oraron así:

—Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muestra a cuál de estos dos has elegido 25para ocupar el puesto en este ministerio y apostolado, del que desertó Judas para ir a su destino.

26Echaron suertes y la suerte recayó sobre Matías, que fue agregado a los once apóstoles.

II. PENTECOSTÉS

La venida del Espíritu Santo

2Hch1Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. 2Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. 3Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. 4Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse.

5Habitaban en Jerusalén judíos, hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. 6Al producirse aquel ruido se reunió la multitud y quedó perpleja, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. 7Estaban asombrados y se admiraban diciendo:

—¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? 8¿Cómo es, pues, que nosotros los oímos cada uno en nuestra propia lengua materna?

9»Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, 10de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos, 11así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios.

12Estaban todos asombrados y perplejos, diciéndose unos a otros:

—¿Qué puede ser esto?

13Otros, en cambio, decían burlándose:

—Están bebidos.

Discurso de San Pedro

14Entonces Pedro, de pie con los once, alzó la voz para hablarles así:

—Judíos y habitantes todos de Jerusalén, entiendan bien esto y escuchen atentamente mis palabras. 15Éstos no están borrachos, como suponen ustedes, pues es la hora tercia del día, 16sino que está ocurriendo lo que se dijo por el profeta Joel:

17Sucederá en los últimos días, dice Dios,

que derramaré mi Espíritu sobre toda carne,

y profetizarán sus hijos y sus hijas,

y sus jóvenes tendrán visiones,

y sus ancianos soñarán sueños.

18Y sobre mis siervos y sobre mis siervas

derramaré mi Espíritu en aquellos días,

y profetizarán.

19Realizaré prodigios arriba en el cielo

y señales abajo en la tierra,

sangre, fuego y nubes de humo.

20El sol se convertirá en tinieblas

y la luna en sangre,

antes de que llegue

el día grande y manifiesto del Señor.

21Y sucederá

que todo el que invoque el nombre del Señor

se salvará.

22»Israelitas, escuchen estas palabras: a Jesús Nazareno, hombre acreditado por Dios ante ustedes con milagros, prodigios y señales, que Dios realizó entre ustedes por medio de él, como bien saben, 23a éste, que fue entregado según el designio establecido y la presciencia de Dios, ustedes lo mataron clavándolo en la cruz por mano de los impíos. 24Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, porque no era posible que ésta lo retuviera bajo su dominio. 25En efecto, David dice de él:

Tenía siempre presente al Señor ante mis ojos,

porque está a mi derecha, para que yo no vacile.

26Por eso se alegró mi corazón

y exultó mi lengua,

y hasta mi carne descansará en la esperanza;

27porque no abandonarás mi alma en los infiernos,

ni dejarás que tu Santo vea la corrupción.

28Me diste a conocer los caminos de la vida

y me llenarás de alegría con tu presencia.

29»Hermanos, permítanme que les diga con claridad que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. 30Pero como era profeta y sabía que Dios le había jurado solemnemente que sobre su trono se sentaría un fruto de sus entrañas, 31lo vio con anticipación y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en los infiernos ni su carne vio la corrupción.

32»A este Jesús lo resucitó Dios, y de eso todos nosotros somos testigos. 33Exaltado, pues, a la diestra de Dios, y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que ustedes ven y oyen. 34Porque David no subió a los cielos, y sin embargo exclama:

Dijo el Señor a mi Señor:

«Siéntate a mi derecha,

35hasta que ponga a tus enemigos

como escabel de tus pies».

36»Por tanto, sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien ustedes crucificaron.

Bautismo de los oyentes

37Al oír esto se dolieron de corazón y les dijeron a Pedro y a los demás apóstoles:

—¿Qué tenemos que hacer, hermanos?

38Pedro les dijo:

—Conviértanse, y que cada uno de ustedes se bautice en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. 39Porque la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los que están lejos, para todos los que quiera llamar el Señor Dios nuestro.

40Con otras muchas palabras dio testimonio y los exhortaba diciendo:

—Sálvense de esta generación perversa.

41Ellos aceptaron su palabra y fueron bautizados; y aquel día se les unieron unas tres mil almas.

Los primeros cristianos

42Perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. 43El temor sobrecogía a todos, y por medio de los apóstoles se realizaban muchos prodigios y señales. 44Todos los creyentes estaban unidos y tenían todas las cosas en común. 45Vendían las posesiones y los bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno. 46Todos los días acudían al Templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, 47alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Todos los días el Señor incorporaba a los que habían de salvarse.

III. ACTIVIDAD APOSTÓLICA EN JERUSALÉN

Curación del cojo de nacimiento

3Hch1Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la hora nona. 2Había un hombre, cojo de nacimiento, al que solían llevar y colocar todos los días a la puerta del Templo llamada Hermosa para pedir limosna a los que entraban en el Templo. 3En cuanto vio que Pedro y Juan iban a entrar en el Templo, les pidió que le dieran una limosna. 4Pedro —junto con Juan— fijó en él la mirada y le dijo:

—Míranos.

5Él los observaba, esperando recibir algo de ellos. 6Entonces Pedro le dijo:

—No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: ¡En el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda!

7Y tomándolo de la mano derecha lo levantó, y al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos. 8De un brinco se puso en pie y comenzó a andar, y entró con ellos en el Templo andando, saltando y alabando a Dios. 9Todo el pueblo lo vio andar y alabar a Dios, 10y reconocían que era el mismo que se sentaba a la puerta Hermosa del Templo para pedir limosna. Y se llenaron de estupor y asombro por lo sucedido.

Discurso de San Pedro en el Templo

11Como él sujetaba a Pedro y a Juan, todo el pueblo lleno de sorpresa corrió hacia ellos al pórtico llamado de Salomón. 12Al ver aquello, Pedro dijo al pueblo:

—Israelitas, ¿por qué se admiran de esto, o por qué nos miran como si hubiéramos hecho andar a este hombre por nuestro poder o piedad? 13El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien ustedes entregaron y negaron en presencia de Pilato, cuando éste había decidido soltarlo. 14Ustedes negaron al Santo y al Justo, y pidieron que les indultaran a un homicida; 15mataron al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. 16Y por la fe en su nombre, a éste que ven y conocen, su nombre le restableció, y la fe que viene de él le dio la completa curación ante todos ustedes.

17»Ahora bien, hermanos, sé que obraron por ignorancia, lo mismo que sus jefes. 18Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. 19Arrepiéntanse, por tanto, y conviértanse, para que sean borrados sus pecados, 20de modo que vengan del Señor los tiempos de la consolación, y envíe al Cristo que ha sido predestinado para ustedes, a Jesús, 21a quien es preciso que el cielo lo retenga hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas, de las que Dios habló por boca de sus santos profetas desde antiguo. 22Moisés, en efecto, dijo: El Señor Dios suyo les suscitará de entre sus hermanos un profeta como yo; lo escucharán en todo lo que les diga. 23Y sucederá que todo el que no escuche a aquel profeta será exterminado del pueblo. 24Todos los profetas desde Samuel y los que vinieron después, cuantos hablaron, anunciaron estos días.

25»Ustedes son los hijos de los profetas y de la alianza que Dios estableció con sus padres cuando le dijo a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra. 26Al suscitar a su Hijo, Dios lo ha enviado en primer lugar a ustedes, para bendecirlos cuando cada uno se convierta de sus maldades.

Prisión de San Pedro y de San Juan

4Hch1Mientras hablaban ellos al pueblo se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del Templo y los saduceos, 2molestos porque enseñaban al pueblo y anunciaban en Jesús la resurrección de los muertos. 3Los prendieron y metieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque ya había anochecido. 4Muchos de los que habían oído la palabra creyeron, y el número de los hombres llegó a ser de unos cinco mil.

Declaración ante el Sanedrín

5Al día siguiente se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas, 6así como Anás, el sumo sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los que eran de la familia de los príncipes de los sacerdotes. 7Los hicieron comparecer en el centro y les preguntaron:

—¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho ustedes esto?

8Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les respondió:

—Jefes del pueblo y ancianos, 9si nos interrogan hoy sobre el bien realizado a un hombre enfermo, y por quién ha sido sanado, 10quede claro a todos ustedes y a todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por él se presenta éste sano ante ustedes. 11Él es la piedra que, rechazada por ustedes los constructores, ha llegado a ser la piedra angular.

12»Y en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados.

13Al ver la libertad con que hablaban Pedro y Juan, como sabían que eran hombres sin letras y sin cultura, estaban admirados, puesto que los reconocían como los que habían estado con Jesús; 14y viendo de pie con ellos al hombre que había sido curado, nada podían oponer. 15Los mandaron salir fuera del Sanedrín, y deliberaban entre sí:

16—¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Porque es público entre todos los habitantes de Jerusalén que por medio de ellos se ha realizado un signo evidente, y no podemos negarlo. 17Pero para que no se divulgue más entre el pueblo, vamos a amenazarlos para que no hablen más a nadie en este nombre.

18Y los hicieron llamar y les ordenaron que de ningún modo hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús. 19Pedro y Juan, sin embargo, les respondieron:

—Juzguen si es justo delante de Dios obedecerles a ustedes más que a Dios; 20porque nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído.

21Ellos, después de amenazarlos de nuevo, los soltaron, sin saber cómo castigarlos a causa del pueblo, porque todos glorificaban a Dios por lo ocurrido; 22pues el hombre en quien se había realizado esta curación milagrosa tenía más de cuarenta años.

Acción de gracias y oración de la Iglesia

23Puestos en libertad, vinieron a los suyos y les contaron lo que los príncipes de los sacerdotes y los ancianos les habían dicho. 24Ellos, al oírlo, elevaron unánimes la voz a Dios y dijeron:

—Señor, Tú eres el que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, 25el que por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David tu siervo, dijiste:

¿Por qué se han amotinado las naciones,

y los pueblos han tramado empresas vanas?

26Se han alzado los reyes de la tierra,

y los príncipes se han aliado

contra el Señor y contra su Cristo.

27»Pues bien, en esta ciudad, Herodes y Poncio Pilato, con las naciones y los pueblos de Israel, se aliaron contra tu santo Hijo Jesús, al que ungiste, 28para llevar a cabo cuanto tu mano y tu designio habían previsto que ocurriera. 29Ahora, Señor, mira sus amenazas y concede a tus servidores que puedan proclamar tu palabra con libertad; 30y extiende la mano para que se realicen curaciones, milagros y prodigios por el nombre de tu santo Hijo Jesús.

31Cuando terminaron su oración, tembló el lugar en el que estaban reunidos y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios con libertad.

Vida de los primeros cristianos

32La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que compartían todas las cosas. 33Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús; y en todos ellos había abundancia de gracia. 34No había entre ellos ningún necesitado, porque los que eran dueños de campos o casas los vendían, llevaban el precio de la venta 35y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se repartía a cada uno según sus necesidades. 36Así, José, a quien los apóstoles dieron el sobrenombre de Bernabé —que significa «Hijo de la consolación»—, levita y chipriota de nacimiento, 37tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

El engaño de Ananías y Safira

5Hch1Un hombre que se llamaba Ananías, junto con su mujer Safira, vendió un campo. 2De acuerdo con ella, se quedó con parte del precio y trayendo el resto lo puso a los pies de los apóstoles. 3Entonces dijo Pedro:

—Ananías, ¿por qué Satanás llenó tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo y te quedaras con parte del precio del campo? 4¿Acaso no era tuyo mientras lo tenías y, en cuanto lo vendiste, no permanecía el precio en tu poder? ¿Por qué has admitido esta acción en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.

5Al oír Ananías estas palabras cayó en tierra y expiró. Un gran temor sobrecogió a todos los que lo oyeron. 6Se levantaron algunos jóvenes, lo amortajaron y lo llevaron a enterrar.

7Pasaron unas tres horas y entró su mujer, que no sabía lo ocurrido. 8Pedro se dirigió a ella:

—Dime, ¿han vendido el campo por esa cantidad?

Ella dijo:

—Sí, por ésa.

9Pedro le replicó:

—¿Cómo es que se pusieron de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? Mira, los pies de los que han enterrado a tu marido están a la puerta, y te llevarán a ti.

10Al instante cayó a sus pies y expiró. Al entrar los jóvenes la encontraron muerta y la llevaron a enterrar junto a su marido. 11Un gran temor llenó a toda la Iglesia y a todos los que oyeron estas cosas.

Crecimiento de la Iglesia

12Por mano de los apóstoles se obraban muchos milagros y prodigios entre el pueblo. Se reunían todos con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón; 13pero ninguno de los demás se atrevía a unirse a ellos, aunque el pueblo los alababa.

14Se adherían cada vez más creyentes en el Señor, multitud de hombres y de mujeres, 15hasta el punto de que sacaban los enfermos a las plazas y los ponían en lechos y camillas para que, al pasar Pedro, al menos su sombra alcanzase a alguno de ellos. 16Acudía también mucha gente de las ciudades vecinas a Jerusalén, traían enfermos y poseídos por espíritus impuros, y todos ellos eran curados.

Nuevo encarcelamiento de los Apóstoles y milagrosa liberación

17El sumo sacerdote y todos los que lo acompañaban, que eran de la secta de los saduceos, se levantaron llenos de envidia. 18Prendieron a los apóstoles y los metieron en la prisión pública. 19Pero un ángel del Señor abrió de noche las puertas de la cárcel, los sacó y les dijo:

20—Salgan, preséntense en el Templo y prediquen al pueblo toda la doctrina que concierne a esta Vida.

21Después de haberlo escuchado, entraron de madrugada en el Templo y comenzaron a enseñar.

En cuanto llegaron el sumo sacerdote y los que lo acompañaban, convocaron el Sanedrín y todo el consejo de ancianos de los hijos de Israel y enviaron a buscarlos a la prisión. 22Pero al llegar los alguaciles no los encontraron en la cárcel, y regresaron y comunicaron la noticia:

23—Hemos encontrado la cárcel cerrada, bien custodiada, y a los centinelas firmes ante las puertas; pero al abrir no hemos encontrado a nadie dentro.

24Cuando oyeron estas palabras el oficial del Templo y los príncipes de los sacerdotes, se quedaron perplejos por lo que habría sido de ellos. 25Llegó uno y les anunció:

—Los hombres que metieron en la cárcel están en el Templo y siguen enseñando al pueblo.

Los Apóstoles ante el Sanedrín

26Entonces fue el oficial con los alguaciles y los trajo, no por la fuerza, porque tenían miedo de que el pueblo los apedrease. 27Los condujeron y presentaron al Sanedrín. El sumo sacerdote los interrogó:

28—¿No les habíamos mandado expresamente que no enseñaran en ese nombre? En cambio, ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina y quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre.

29Pedro y los apóstoles respondieron:

—Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. 30El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes mataron colgándolo de un madero. 31A éste lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. 32Y de estas cosas somos testigos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que lo obedecen.

33Al oír esto se enfurecieron y querían matarlos.

Intervención de Gamaliel

34Pero un fariseo llamado Gamaliel, maestro de la Ley y estimado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín y mandó hacer salir un momento a aquellos hombres. 35Y les dijo:

—Israelitas, tengan cuidado de lo que van a hacer con estos hombres. 36Porque hace poco se levantó Teudas, que decía ser alguien, y se le unieron unos cuatrocientos hombres; lo mataron y todos sus seguidores se disgregaron y quedaron en nada. 37Después de él se levantó Judas el Galileo en los días del empadronamiento, y arrastró al pueblo tras de sí; murió también y todos sus seguidores se dispersaron. 38Así pues, les digo ahora: desentiéndanse de estos hombres y déjenlos, porque si este designio o esta obra procede de hombres se disolverá; 39pero si procede de Dios no podrán acabar con ellos; no sea que se vayan a encontrar combatiendo contra Dios.

Ellos se mostraron de acuerdo con él.

Flagelación de los Apóstoles

40Entonces llamaron a los apóstoles, los azotaron, les ordenaron no hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. 41Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre. 42Todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y anunciar el Evangelio de Cristo Jesús.

IV. LOS «DIÁCONOS» Y SAN ESTEBAN

Elección de los Siete

6Hch1En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, se levantó una queja de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas estaban desatendidas en la asistencia diaria. 2Los doce convocaron a la multitud de los discípulos y les dijeron:

—No es conveniente que nosotros abandonemos la palabra de Dios para servir las mesas. 3Escojan, hermanos, de entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, a los que designemos para esta tarea. 4Mientras, nosotros nos dedicaremos asiduamente a la oración y al ministerio de la palabra.

5La propuesta agradó a toda la asamblea y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. 6Los presentaron ante los apóstoles y orando les impusieron las manos.

7La palabra de Dios se propagaba, y aumentaba considerablemente el número de discípulos en Jerusalén, y gran cantidad de sacerdotes obedecían a la fe.

Prisión de San Esteban

8Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. 9Se levantaron a discutir con Esteban algunos de la sinagoga llamada de los libertos, de los cirenenses y alejandrinos, con otros de Cilicia y Asia. 10Pero no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba. 11Sobornaron entonces a unos hombres que dijeron:

—Nosotros lo hemos oído proferir palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios.

12Amotinaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegaron de improviso para prenderle y llevarlo ante el Sanedrín. 13Presentaron testigos falsos que decían:

—Este hombre no deja de proferir palabras contra este lugar santo y contra la Ley. 14Porque lo hemos oído decir que ese Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos ha transmitido Moisés.

15Y al fijarse en él todos los que estaban sentados en el Sanedrín vieron que su rostro era como el de un ángel.

Discurso de San Esteban ante el Sanedrín

7Hch1Preguntó entonces el sumo sacerdote:

—¿Es esto así?

2Él respondió:

—Hermanos y padres, escuchen: el Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abrahán cuando estaba en Mesopotamia, antes de que habitase en Jarán, 3y le dijo: «Sal de tu tierra y de tu familia y vete a la tierra que te mostraré». 4Entonces salió de la tierra de los caldeos y habitó en Jarán. De allí, después de morir su padre, Dios lo trasladó a esta tierra en la que ustedes habitan ahora. 5No le dio en ella heredad, ni siquiera el espacio de un pie, sino que prometió dársela en posesión a él y, aunque no tenía hijos, a su descendencia después de él. 6Dios le habló así: Tus descendientes morarán en tierra extranjera, y los esclavizarán y maltratarán durante cuatrocientos años. 7También dijo Dios: Yo juzgaré a las naciones de las que han sido esclavos, y después saldrán y me darán culto en este lugar. 8Entonces le dio la alianza de la circuncisión; y así, cuando engendró a Isaac, lo circuncidó al octavo día, e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas. 9Los patriarcas, envidiosos de José, lo vendieron con destino a Egipto; pero Dios estaba con él, 10y lo libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría ante el Faraón rey de Egipto, que lo constituyó gobernador de Egipto y de toda su casa. 11Vino luego hambre y gran tribulación sobre todo Egipto y Canaán, y nuestros padres no encontraban alimento. 12Oyó Jacob que había trigo en Egipto y envió a nuestros padres una primera vez; 13en la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos, y así llegó a conocimiento del Faraón el linaje de José. 14Éste envió a buscar a su padre Jacob y a toda su familia, que eran setenta y cinco personas. 15Jacob bajó a Egipto, donde murieron él y nuestros padres. 16Y fueron trasladados a Siquén y colocados en el sepulcro que compró Abrahán a precio de plata a los hijos de Hemmor, en Siquén.

17»Conforme se acercaba el tiempo de la promesa que Dios había jurado a Abrahán, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto, 18hasta que se alzó sobre Egipto otro rey que no conocía a José. 19Usando de malas artes contra nuestra gente, este rey maltrató a nuestros padres para que abandonaran a sus hijos, de modo que no sobreviviesen. 20En este tiempo nació Moisés, que era grato a Dios; fue criado durante tres meses en la casa de su padre; 21y al ser abandonado lo recogió la hija del Faraón y lo crió como hijo suyo. 22Moisés fue educado según toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y obras. 23Cuando llegó a la edad de cuarenta años sintió deseos de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. 24Al ver que uno de ellos era maltratado, salió en su defensa y vengó al oprimido matando al egipcio. 25Él pensaba que sus hermanos entenderían que Dios los iba a salvar por mediación de él; pero ellos no lo comprendieron. 26Al día siguiente, se les presentó mientras reñían, e intentaba poner paz entre ellos diciéndoles: «¡Hombres, son hermanos! ¿Por qué se maltratan?» 27Pero el que maltrataba a su compañero lo rechazó diciendo: ¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? 28¿Acaso quieres matarme, lo mismo que mataste ayer al egipcio? 29Ante estas palabras Moisés huyó y vivió como extranjero en tierras de Madián, donde tuvo dos hijos.

30»Después de cuarenta años se le apareció un ángel en el desierto del monte Sinaí, en la llama de una zarza que ardía. 31Moisés, al verlo, se admiró de la visión, y cuando se acercaba para mirar se oyó la voz del Señor: 32Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Moisés, asustado, no se atrevía a mirar. 33Entonces le dijo el Señor: «Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa. 34Me he fijado en la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado su lamento y he bajado a liberarlo. Y ahora ven, que voy a enviarte a Egipto».

35»A este Moisés, a quien rechazaron diciéndole: ¿Quién te ha nombrado jefe y juez?, Dios lo envió como jefe y libertador por medio del ángel que se le apareció en la zarza. 36Él los sacó haciendo prodigios y señales en la tierra de Egipto, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años. 37Éste es Moisés, el que les dijo a los hijos de Israel: Dios les suscitará de entre sus hermanos un profeta como yo. 38Él es el que estuvo en la asamblea del desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y con nuestros padres; el que recibió palabras de vida para entregárnoslas; 39a quien no quisieron obedecer nuestros padres, sino que lo rechazaron y en sus corazones se volvieron hacia Egipto, 40diciendo a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a ese Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto no sabemos qué le ha ocurrido. 41Aquellos mismos días hicieron un becerro, sacrificaron una víctima al ídolo y se regocijaban en las obras de sus manos. 42Dios se apartó de ellos y los abandonó a dar culto al ejército del cielo, como está escrito en el libro de los Profetas:

¿Acaso me ofrecieron víctimas y sacrificios

en el desierto durante cuarenta años,

casa de Israel?

43Entonces transportaron el tabernáculo de Moloc

y la estrella de su dios Refán,

las imágenes que forjaron para adorarlas;

pero yo los desterré más allá de Babilonia.

44»Nuestros padres tenían en el desierto el Tabernáculo del Testimonio, tal y como el que hablaba con Moisés le había ordenado que lo hiciera según el modelo que había visto. 45Y después de que fuera traspasado a nuestros padres, lo condujeron bajo Josué en la ocupación de la tierra de los gentiles, a los que Dios expulsó de la presencia de nuestros padres hasta los días de David. 46Éste halló gracia delante de Dios y pidió encontrar una morada para el Dios de Jacob. 47Pero fue Salomón quien le edificó una casa. 48Sin embargo, el Altísimo no habita en casas construidas por manos de hombre, como dice el profeta:

49Mi trono es el cielo

y la tierra el escabel de mis pies.

¿Qué casa me edificarán a Mí?, dice el Señor,

¿o cuál será el sitio de mi descanso?

50¿No ha hecho mi mano todas estas cosas?

51»¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Ustedes se están siempre resistiendo al Espíritu Santo: como sus padres así también ustedes! 52¿A qué profeta no persiguieron sus padres? Asesinaron a los que anunciaban la venida del Justo, del que ahora ustedes han sido traidores y asesinos, 53los que recibieron la Ley por ministerio de ángeles y no la guardaron.

Martirio de San Esteban

54Al oír esto ardían de ira en sus corazones y rechinaban los dientes contra él. 55Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios, 56y dijo:

—Miren, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios.

57Entonces clamaron a voz en grito, se taparon los oídos y se lanzaron a una contra él. 58Lo sacaron fuera de la ciudad y lo lapidaron. Los testigos dejaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo, 59y se pusieron a lapidar a Esteban, que oraba diciendo:

—Señor Jesús, recibe mi espíritu.

60Puesto de rodillas clamó con fuerte voz:

—Señor, no les tengas en cuenta este pecado.

Y con estas palabras murió.

1a Saulo aprobaba su muerte.