COMENTARIO
Éste es un ejemplo de lo apuntado en el sumario anterior (2,42-47): muestra la doctrina de los Apóstoles, su oración, sus prodigios, y la alabanza del pueblo. Pedro y Juan van al Templo a la hora del sacrificio vespertino que comenzaba hacia las tres y duraba casi hasta la puesta del sol. A él asistía un gran número de judíos piadosos. Por la mañana se celebraba otro análogo, que se iniciaba con la aurora y duraba hasta la hora de tercia, las nueve de la mañana. La curación del tullido es el primer milagro obrado por medio de los Apóstoles, que consideran que ha llegado el momento de que actúe a través de ellos el poder de Dios. Así se cumple la promesa del Señor de obrar milagros, signos visibles de la llegada del Reino de Dios (cfr Mc 16,17-20). Lo que hacía el Señor (Lc 5,23; 7,22) lo hacen ahora sus Apóstoles en su nombre: «Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro lo hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud. Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro» (S. León Magno, Sermones 95,3).
Los milagros del Nuevo Testamento indican una situación especialmente intensa de gracia divina. Pero no son un caso único en la economía cristiana de salvación. Se repiten, según las circunstancias y de modos diversos, atraídos por las disposiciones interiores de hombres y mujeres de fe: «También a nosotros, si luchamos diariamente por alcanzar la santidad cada uno en su propio estado dentro del mundo y en el ejercicio de su propia profesión, en nuestra vida ordinaria, me atrevo a asegurar que el Señor nos hará instrumentos capaces de obrar milagros y, si fuera preciso, de los más extraordinarios» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 262).