COMENTARIO
Primer conflicto de los Apóstoles con las autoridades de Jerusalén. Estamos ante otro episodio paradigmático del poder de Dios manifestado en los comienzos de la Iglesia. Se repite, como en vida de Cristo, la cerrazón de dirigentes espirituales del pueblo ante los milagros, ahora de los Apóstoles. A pesar del accidentado final del discurso de Pedro, sus palabras son instrumento de la gracia, que hace brotar la fe en muchos oyentes.
Empieza a cumplirse a la letra lo que Jesús había anunciado a sus discípulos (cfr Lc 21,12-15): ante las persecuciones el Señor da a éstos una sabiduría que los grandes de este mundo no pueden resistir. Sin duda, en el centro del pasaje está la frase final de los Apóstoles (vv. 19-20). Tal valentía no se exige sólo a los que ocupan un lugar destacado; se nos pide a todos: «Los cristianos, comportándose sabiamente con aquellos que están fuera, deben esforzarse por difundir, “en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad” (2 Co 6,6-7), la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apostólica hasta el derramamiento de sangre. Porque el discípulo tiene la obligación grave, con Cristo Maestro, de conocer cada vez mejor la verdad recibida de Él, de anunciarla fielmente y de defenderla denodadamente» (Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 14).
Las palabras del v. 12 son de una fuerza impresionante: no nos ha dado Dios a la humanidad otro Salvador que Jesús de Nazaret. Así de escueto y así de claro. Dios nos salva en su Hijo, Jesucristo, con arreglo a un arcano designio que preparó durante siglos y realizó en la «plenitud de los tiempos» (cfr Ef 1,7-10): «El redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia. (…) Dios ha entrado en la historia de la humanidad y, en cuanto hombre, se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo Único. A través de la encarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva —de modo peculiar a Él solo, según su eterno amor y su misericordia, con toda la libertad divina— y, a la vez, con una magnificencia que, frente al pecado original y a toda la historia de los pecados de la humanidad, frente a los errores del entendimiento, de la voluntad y del corazón humano, nos permite repetir con estupor las palabras de la sagrada liturgia: ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!» (S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 1).