COMENTARIO
A la liberación de los Apóstoles, no le sigue una celebración, sino una oración. Esta plegaria es para los cristianos de todos los tiempos un modelo de oración y de confianza en los medios sobrenaturales. Piden a Dios la fuerza necesaria para seguir anunciando con valentía la Palabra, sin dejarse amedrentar por las persecuciones, e imploran también la capacidad de obrar prodigios que acrediten su predicación. En los sucesos que han ocurrido en vida de Jesús y en los días que han seguido, ven el cumplimiento del Sal 2, que el texto de Hechos cita en parte (vv. 25-28). En las palabras del evangelista se menciona dos veces al Espíritu Santo, ya que «el Espíritu, que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo, será también quien la instruya en la vida de oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2623). Para su plegaria, aquellos primeros cristianos acudían a la Sagrada Escritura: «Como los autores inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo. En la novedad del Espíritu, componen también himnos y cánticos a partir del acontecimiento inaudito que Dios ha realizado en su Hijo: su encarnación, su muerte vencedora de la muerte, su resurrección y su ascensión a su derecha. De esta “maravilla” de toda la Economía de la salvación brota la doxología, la alabanza a Dios» (ibidem, n. 2641).