COMENTARIO

 Hch 5,1-11 

El libro de los Hechos recoge diversas maneras de vivir la pobreza y la caridad con los demás en la primera Iglesia. En el episodio anterior, se ha señalado una cierta comunidad de bienes en la iglesia de Jerusalén (4,32), la preocupación por los necesitados (4,34-35) y la generosidad de Bernabé (4,36-37). Más tarde, el relato recogerá también el interés de aquellos cristianos por atender a las viudas (6,1-6), el elogio de personas que hacían limosnas —como Tabita (9,36) o Cornelio (10,2)—, la colecta de los cristianos de Antioquía en favor de los hermanos de Judea (11,29), etc. En este clima de generosidad, el presente episodio nos informa de la libertad de la que gozaban los cristianos para hacer donación de sus bienes (v. 4). Por eso, en el centro de la falta que aquí se condena no está sólo la avaricia, sino, sobre todo, el intento de engañar a Dios, que actúa en la Iglesia (cfr vv. 3.9). El castigo de Dios contra Ananías y Safira se produjo —dice San Efrén— «no sólo porque hicieron un robo y lo escondieron, sino porque no temieron, y quisieron engañar a aquellos en quienes moraba el Espíritu Santo que todo lo conoce» (Commentarii in Acta, ad loc.). La pena refleja una comprensible severidad en un momento fundacional lleno de auxilio divino y de especial responsabilidad.

El episodio es una prueba más de cómo detesta Dios la hipocresía. Ante ella se aprecia por contraste el valor de la virtud de la veracidad, que tiende a la fiel manifestación de la verdad, para que ésta reine siempre y en todas partes, y se eviten la falsedad y la mentira. La veracidad inclina a las criaturas humanas a que sus palabras y toda su actuación estén en armonía con sus conocimientos y convicciones, y a que sus acciones respondan fielmente a sus palabras. Tiene una estrecha relación con la virtud de la fidelidad, que inclina al cumplimiento de la promesa dada (cfr Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,80,1). Sólo el hombre y la mujer veraces y fieles pueden cumplir el precepto del Señor: «Que vuestro modo de hablar sea: “Sí, sí”; “no, no”» (Mt 5,37).

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