COMENTARIO

 Hch 5,34-42 

Gamaliel inaugura una serie de testimonios en el libro de los Hechos, que muestran que, incluso a ojos de los no creyentes, el cristianismo es una religión que ofrece fundados motivos de credibilidad (cfr 10,1ss; 13,7; 18,12; 22,25ss.; 24,1ss.). Gamaliel fue maestro de San Pablo (cfr 22,3) y representaba una tendencia moderada dentro del grupo de los fariseos. Era prudente, capaz de imparcialidad y dotado de reconocido sentido religioso. Los Padres de la Iglesia le suelen proponer como ejemplo de hombre recto que espera el Reino de Dios y se atreve a defender a los Apóstoles. Las insurrecciones de Teudas y Judas a las que alude en su discurso son recogidas por Flavio Josefo (cfr Antiquitatae Iudaicae 18,4-10; 20,169-172), aunque parece que deben situarse en el tiempo del nacimiento de Jesús. Ambos, Teudas y Judas, reunieron gran número de adeptos que lucharon para que el pueblo judío, elegido por Dios, no tuviera que estar sometido y pagar tributo a gentes extranjeras, como Herodes o el Imperio romano.

Ante la argumentación de Gamaliel, deberían juzgar que la obra de los Apóstoles es de Dios. Pero los miembros del Sanedrín no obraron así y, al castigar a los discípulos de Jesús, no hicieron sino dar cumplimiento a las palabras que el Señor les había dirigido: sufrir por Él sería para ellos motivo de alegría (cfr Mt 5,11-12; Mc 10,30; Lc 6,22-23). Al final, Lucas nos recuerda la firmeza evangelizadora de los Apóstoles: «Como antes, en los milagros, también aquí los Apóstoles manifestaron el poder de Dios. No se dice que no sufrieron, sino que el sufrimiento les causó alegría» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 14).

El castigo de los azotes (v. 40) en el ámbito judío era mucho menos cruel que entre los romanos. El flagelo no iba armado con hierros o huesos, y el número de azotes máximo era de 39, para no sobrepasar en ningún caso los cuarenta que había establecido Dt 25,3. También San Pablo recibió cinco veces los azotes judíos (2 Co 11,24).

No podemos dejar de evocar la diferencia entre el Pedro que ha negado a Jesús (Lc 22,54-62), y éste, que ha sido cribado como el trigo (Lc 22,31), pero se ha mantenido firme, porque la oración de Jesús ha sido eficaz (Lc 22,32): «No es difícil percibir cómo transforma el Espíritu la imagen de aquéllos en los que habita: del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas del cielo; y de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez de espíritu» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10).

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