COMENTARIO
La muerte de Esteban desata una persecución en Jerusalén. Ya que los Apóstoles, y una numerosa comunidad de creyentes, se quedan en la Ciudad Santa, muchos estudiosos piensan que la persecución se dirigía más bien a los cristianos «helenistas» (cfr 6,1-7 y nota). San Lucas no lo especifica; sabedor del puesto que desempeñará Pablo en la primitiva Iglesia, prefiere señalar, dos veces (vv. 1.3), el lugar que ocupa ahora en la persecución: «El Cristianismo ha estado demasiadas veces en lo que parecía un fatal peligro, como para que ahora nos vaya a atemorizar una nueva prueba (…). Son imprevisibles las vías por las que la Providencia rescata y salva a sus elegidos. A veces, nuestro enemigo se convierte en amigo; a veces se ve despojado de la capacidad de mal que le hacía temible; a veces se destruye a sí mismo; o, sin desearlo, produce efectos beneficiosos, para desaparecer a continuación sin dejar rastro. Generalmente la Iglesia no hace otra cosa que perseverar, con paz y confianza, en el cumplimiento de sus tareas, permanecer serena, y esperar de Dios la salvación» (John H. Newman, Biglietto Speech).