8Hch1b Se desató aquel día una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. 2Unos varones piadosos enterraron a Esteban e hicieron un gran duelo por él. 3Por su parte, Saulo hacía estragos en la Iglesia, iba de casa en casa, apresaba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel.
4Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio.
5Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. 6La muchedumbre atendía unánime a lo que decía Felipe, al oír y ver los signos milagrosos que realizaba, 7pues los espíritus impuros salían, con grandes voces, de muchos que estaban poseídos por ellos, y muchos paralíticos y cojos eran curados. 8Hubo gran alegría en aquella ciudad.
9Un hombre que se llamaba Simón había ejercido la magia en la ciudad y había embaucado a la gente de Samaría diciéndoles que era alguien grande. 10Todos, del menor al mayor, le prestaban atención y decían:
—Éste es la Potencia de Dios, llamada la Grande.
11Lo escuchaban porque desde hacía tiempo los había seducido con sus magias. 12Pero cuando empezaron a creer a Felipe, que les anunciaba el Evangelio del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, hombres y mujeres comenzaron a bautizarse. 13Entonces creyó también el propio Simón y, después de ser bautizado, seguía asiduamente a Felipe. Veía los signos milagrosos y los grandes prodigios que se realizaban, y se llenaba de admiración.
14Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaría había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. 15Éstos, nada más llegar, rezaron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo, 16pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que sólo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. 17Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
18Al ver Simón que por la imposición de manos de los apóstoles se confería el Espíritu Santo, les ofreció dinero:
19—Denme también a mí ese poder, para que cualquiera a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo.
20Pero Pedro le respondió:
—Que tu dinero vaya contigo a la perdición, por pensar que con dinero se puede conseguir el don de Dios. 21No tienes parte ni herencia alguna en esta empresa, porque tu corazón no es recto ante Dios. 22Por tanto, arrepiéntete de esta iniquidad tuya y suplica al Señor para ver si se te perdona este pensamiento de tu corazón; 23pues veo que estás lleno de maldad y atado por cadenas de iniquidad.
24Respondió Simón:
—Rueguen ustedes por mí al Señor, para que no me sobrevenga nada de lo que han dicho.
25En cuanto dieron testimonio y predicaron la palabra del Señor, emprendieron regreso a Jerusalén y evangelizaban muchos lugares de samaritanos.
26Un ángel del Señor le habló a Felipe:
—Levántate y vete hacia el sur, a la ruta que baja de Jerusalén a Gaza y que está desierta.
27Se levantó y se puso en camino. En esto, un hombre de Etiopía, eunuco, dignatario de Candace —la reina de Etiopía— y superintendente de su tesoro, que había venido a Jerusalén para adorar a Dios, 28volvía sentado en su carro leyendo al profeta Isaías. 29Le dijo entonces el Espíritu a Felipe:
—Acércate y ponte al lado de ese carro.
30Corrió Felipe a su lado y oyó que leía al profeta Isaías. Entonces le dijo:
—¿Entiendes lo que lees?
31Él respondió:
—¿Cómo lo voy a entender si no me lo explica alguien?
Rogó entonces a Felipe que subiera y se sentase junto a él. 32El pasaje de la Escritura que iba leyendo era el siguiente:
Como oveja fue llevado al matadero,
y como mudo cordero ante el esquilador,
así no abrió la boca.
33En su humillación se le negó la justicia.
¿Quién hablará de su posteridad?,
ya que su vida es arrebatada de la tierra.
34El eunuco le dijo a Felipe:
—Te ruego que me digas de quién dice esto el profeta: ¿de sí mismo o de algún otro?
35Entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este pasaje, le anunció el Evangelio de Jesús. 36Mientras iban por el camino llegaron a un lugar donde había agua, y le dijo el eunuco:
—Aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? (37)
38Mandó detener el carro y bajaron los dos, Felipe y el eunuco, hasta el agua. Y lo bautizó. 39Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y no lo vio más el eunuco, que siguió alegre su camino. 40Felipe se encontró en Azoto y anunciaba el Evangelio a todas las ciudades por donde pasaba, hasta que llegó a Cesarea.
9Hch1Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó ante el sumo sacerdote 2y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de llevar detenidos a Jerusalén a cuantos encontrara, hombres y mujeres, seguidores del Camino. 3Pero mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente lo envolvió de resplandor una luz del cielo. 4Cayó al suelo y oyó una voz que le decía:
—Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
5Respondió:
—¿Quién eres tú, Señor?
Y él:
—Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 6Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer.
7Los hombres que lo acompañaban se detuvieron estupefactos, puesto que oían la voz pero no veían a nadie. 8Se levantó Saulo del suelo y, aunque tenía abiertos los ojos, no veía nada. Lo condujeron de la mano a Damasco, 9donde estuvo tres días sin vista y sin comer ni beber.
10Había en Damasco un discípulo, de nombre Ananías, a quien el Señor habló en una visión:
—¡Ananías!
Él respondió:
—Aquí estoy, Señor.
11El Señor le dijo:
—Levántate y vete a la calle que se llama Recta, y busca en casa de Judas a uno de Tarso, de nombre Saulo, que está orando 12—y vio Saulo en una visión que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos, para que recobrase la vista.
13—Señor —respondió Ananías—, he oído a muchos cuánto mal ha causado este hombre a tus santos en Jerusalén, 14y que tiene aquí poderes de los príncipes de los sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre.
15El Señor le dijo:
—Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. 16Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre.
17Marchó Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:
—Saulo, hermano, me ha enviado el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo.
18Al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista; se levantó y fue bautizado, 19y tomando algo de comer recuperó las fuerzas.
Estuvo algunos días con los discípulos que había en Damasco, 20y enseguida empezó a predicar a Jesús en las sinagogas:
—Éste es el Hijo de Dios.
21Todos los que lo oían se asombraban y decían:
—¿Pero no es éste el que atacaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y que vino aquí para llevarlos detenidos ante los príncipes de los sacerdotes?
22Saulo cobraba cada vez más fuerza y desconcertaba a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que Jesús es el Cristo.
23Muchos días después, los judíos tomaron la decisión de matarlo; 24pero Saulo se enteró de sus insidias. Y aunque vigilaban día y noche las puertas de la ciudad para acabar con él, 25sus discípulos lo tomaron una noche y lo descolgaron por la muralla en una espuerta.
26Cuando llegó a Jerusalén intentaba unirse a los discípulos; pero todos le temían, porque no creían que fuera discípulo. 27Sin embargo, Bernabé se lo llevó con él, lo condujo a los apóstoles y les contó cómo en el camino había visto al Señor, y que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado abiertamente en el nombre de Jesús. 28Entonces entraba y salía con ellos en Jerusalén, hablando claramente en el nombre del Señor. 29Conversaba también y disputaba con los helenistas; y éstos intentaban matarlo. 30Cuando los hermanos lo supieron, lo llevaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.
31La Iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaría. Se consolidaba y caminaba en el temor del Señor y crecía con el consuelo del Espíritu Santo.
32Mientras recorría Pedro todos los lugares, llegó hasta los santos que vivían en Lida. 33Encontró allí a un hombre llamado Eneas, que era paralítico y llevaba ocho años postrado en cama. 34Pedro le dijo:
—¡Eneas!, Cristo Jesús te cura. Levántate y deja listo tu lecho.
Inmediatamente se levantó. 35Lo vieron todos los que vivían en Lida y Sarón y se convirtieron al Señor.
36Había en Jope una discípula llamada Tabita —que traducido significa «Gacela»—, que hacía muchísimas buenas obras y limosnas. 37Aconteció por aquellos días que cayó enferma y murió. Después de lavarla, la colocaron en la estancia superior. 38Como Lida está cerca de Jope, al oír los discípulos que Pedro se encontraba allí, enviaron a dos hombres para rogarle:
—No tardes en venir junto a nosotros.
39Pedro se levantó y fue con ellos. En cuanto llegó, lo condujeron a la estancia superior y lo rodearon todas las viudas, que lloraban y mostraban las túnicas y los mantos que Gacela les había confeccionado cuando vivía con ellas. 40Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró. Después, vuelto hacia el cuerpo, dijo:
—Tabita, levántate.
Ella abrió los ojos y al ver a Pedro se incorporó. 41Dándole la mano la levantó, llamó a los santos y a las viudas, y se la presentó con vida.
42El hecho se supo en toda Jope y muchos creyeron en el Señor. 43Pedro se quedó en Jope bastantes días, en casa de un tal Simón, que era curtidor.
10Hch1Un hombre de Cesarea llamado Cornelio, centurión de la cohorte denominada Itálica, 2piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, que daba muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios sin cesar, 3vio claramente en una visión, hacia la hora nona del día, al ángel de Dios que llegaba hasta él y le decía:
—¡Cornelio!
4Él lo miró fijamente y, sobrecogido de temor, dijo:
—¿Qué ocurre, señor?
Y le respondió:
—Tus oraciones y limosnas han subido como memorial ante la presencia del Señor. 5Envía ahora unos hombres a Jope y haz venir a un tal Simón, de sobrenombre Pedro, 6que se hospeda en casa de otro Simón, curtidor, que vive junto al mar.
7En cuanto se retiró el ángel que le hablaba, llamó a dos criados y a un soldado piadoso de los que estaban a sus órdenes, 8les refirió todo y los envió a Jope.
9Al día siguiente, mientras ellos iban de camino y se acercaban a la ciudad, subió Pedro a la azotea, hacia la hora sexta, para orar. 10Sintió hambre y quiso tomar algo. Mientras se lo preparaban le sobrevino un éxtasis, 11y vio el cielo abierto y cierto objeto como un gran mantel con cuatro puntas, que descendía y se posaba sobre la tierra. 12En él estaban todos los cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo. 13Y le llegó una voz:
—¡Levántate, Pedro, mata y come!
14Pero Pedro replicó:
—De ningún modo, Señor, porque jamás comí nada profano e impuro.
15Y la misma voz por segunda vez:
—Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano.
16Esto ocurrió tres veces y enseguida el objeto fue elevado al cielo. 17Mientras Pedro cavilaba qué podría significar la visión que había tenido, los hombres enviados por Cornelio, tras localizar la casa de Simón, se presentaron en el porche. 18Después de llamar preguntaron si allí se hospedaba Simón, por sobrenombre Pedro. 19Mientras Pedro seguía pensando en la visión, le dijo el Espíritu:
—Mira, te buscan tres hombres. 20Levántate, baja y vete con ellos sin ningún reparo, porque los he enviado yo.
21Bajó Pedro al encuentro de los hombres y les dijo:
—Yo soy el que buscan. ¿Cuál es el motivo de que hayan venido?
22Ellos respondieron:
—El centurión Cornelio, hombre justo y temeroso de Dios, acreditado por toda la población judía, recibió aviso de un santo ángel para hacerte venir a su casa y escuchar tus palabras.
23Entonces los invitó y les dio hospedaje.
Al día siguiente se levantó y partió con ellos. Les acompañaban algunos hermanos de Jope. 24Entró en Cesarea al otro día. Cornelio, después de haber reunido a sus parientes y amigos más íntimos, los estaba esperando. 25En el momento en que entraba Pedro, salió Cornelio a su encuentro y, postrándose, lo adoró. 26Pero Pedro lo incorporó diciendo:
—Levántate, que también yo soy un simple hombre.
27Y conversando con él pasó adentro y encontró a muchas personas reunidas. 28Y les dijo:
—Ustedes saben que está prohibido para un judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero Dios me ha enseñado a no llamar profano a ningún hombre. 29Por eso he venido sin vacilación en cuanto me han llamado. Ahora les pregunto por qué motivo me han mandado llamar.
30Cornelio dijo:
—Hoy hace cuatro días estaba yo orando en mi casa a la hora nona y se presentó ante mí un varón de brillante vestidura, 31y me dijo: «¡Cornelio!, tu oración ha sido oída y tus limosnas han sido recordadas en la presencia de Dios. 32Manda emisarios a Jope y haz llamar a Simón, de sobrenombre Pedro, que se hospeda en casa de Simón el curtidor, junto al mar». 33Enseguida te envié emisarios, y tú has hecho bien en venir. Ahora todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios para escuchar lo que te ha ordenado el Señor.
34Pedro comenzó a hablar:
—En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, 35sino que en cualquier pueblo le es agradable todo el que lo teme y obra la justicia. 36Ha enviado su palabra a los hijos de Israel, anunciando el Evangelio de la paz por medio de Jesucristo, que es Señor de todos.
37»Ustedes saben lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: 38cómo a Jesús de Nazaret lo ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. 39Y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; de cómo le dieron muerte colgándolo de un madero. 40Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió manifestarse, 41no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos; 42y nos mandó predicar al pueblo y atestiguar que a él es a quien Dios ha constituido juez de vivos y muertos. 43Acerca de él testimonian todos los profetas que todo el que cree en él recibe por su nombre el perdón de los pecados.
44Todavía estaba diciendo Pedro estas cosas cuando descendió el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra; 45y los fieles que procedían de la circuncisión y que habían acompañado a Pedro quedaron atónitos, porque también sobre los gentiles se derramaba el don del Espíritu Santo; 46pues los oían hablar lenguas y glorificar a Dios. Entonces habló Pedro:
47—¿Podrá alguien negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?
48Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedase algunos días.
11Hch1Los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. 2Y cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le reprochaban:
3—¡Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos! —le decían.
4Pedro comenzó a explicarles de forma ordenada lo sucedido:
5—Estaba yo orando en la ciudad de Jope cuando tuve en éxtasis una visión: cierto objeto como un gran mantel bajaba del cielo sujeto por sus cuatro puntas y llegó hasta mí. 6Lo miré con atención y vi en él cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y aves del cielo. 7Oí entonces una voz que me decía: «Levántate, Pedro, mata y come». 8Yo respondí: «De ningún modo, Señor, porque jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro». 9Pero la voz venida del cielo me dijo por segunda vez: «Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano». 10Esto ocurrió tres veces; y al fin todo fue arrebatado al cielo. 11Inmediatamente después se presentaron tres hombres en la casa donde estábamos, enviados a mí desde Cesarea. 12Y me dijo el Espíritu que fuese con ellos sin ningún reparo. Vinieron también conmigo estos seis hermanos y entramos en la casa de aquel hombre. 13Él nos contó cómo había visto en su casa un ángel que, de pie, le decía: «Manda aviso a Jope y haz venir a Simón, llamado Pedro, 14quien te dirá palabras por las que serán salvados tú y toda tu casa». 15Y cuando comencé a hablar, descendió sobre ellos el Espíritu Santo, igual que al principio lo hizo sobre nosotros. 16Entonces recordé la palabra del Señor cuando decía: «Juan bautizó en agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo». 17Si Dios les concedió el mismo don que a nosotros, que creímos en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para estorbar a Dios?
18Al oír esto se tranquilizaron y glorificaron a Dios diciendo:
—Luego también a los gentiles les ha concedido Dios la conversión para la Vida.
19Los que se habían dispersado por la tribulación surgida por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando la palabra sólo a los judíos. 20Entre ellos había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús. 21La mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor.
22Llegó esta noticia a oídos de la iglesia que había en Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía. 23Cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró, y a todos los exhortaba a permanecer en el Señor con un corazón firme, 24porque era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran muchedumbre se adhirió al Señor. 25Marchó Bernabé a Tarso para buscar a Saulo, 26lo encontró y lo condujo a Antioquía. Estuvieron juntos en aquella iglesia un año entero y adoctrinaron a una gran muchedumbre. Fue en Antioquía donde los discípulos recibieron por primera vez el nombre de cristianos.
27En aquellos días descendieron unos profetas de Jerusalén a Antioquía. 28Uno de ellos, que se llamaba Ágabo, se levantó y, por impulso del Espíritu, predijo que vendría una gran hambre sobre toda la tierra. Fue la que ocurrió en tiempo de Claudio. 29Los discípulos determinaron que cada uno, según sus posibilidades, mandara una ayuda a los hermanos que vivían en Judea. 30Lo hicieron, enviándola a los presbíteros a través de Bernabé y Saulo.
12Hch1En aquel tiempo prendió el rey Herodes a algunos de la Iglesia para maltratarlos. 2Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan. 3Y al ver que esto agradaba a los judíos, decidió prender también a Pedro. Eran los días de los Ácimos. 4Cuando lo apresó, lo metió en la cárcel y lo entregó a cuatro escuadras de cuatro soldados para que lo custodiaran, con el propósito de hacerlo comparecer ante el pueblo después de la Pascua. 5Así pues, Pedro estaba encerrado en la cárcel, mientras la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios. 6Cuando Herodes iba ya a hacerlo comparecer, aquella misma noche dormía Pedro entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, mientras unos centinelas vigilaban la cárcel delante de la puerta. 7De pronto se presentó un ángel del Señor y un resplandor iluminó la celda. Tocó a Pedro en el costado, lo despertó y dijo:
—¡Levántate deprisa! —y se cayeron las cadenas de sus manos.
8El ángel le dijo:
—¡Vístete y ponte las sandalias! —y así lo hizo.
Y añadió:
—¡Ponte el manto y sígueme!
9Salió y lo siguió, pero ignoraba que fuera realidad lo que hacía el ángel; pensaba que se trataba de una visión.
10Atravesaron la primera guardia y la segunda y llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad, la cual se les abrió por sí sola. Salieron y avanzaron por una calle y de repente el ángel lo dejó. 11Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo:
—Ahora comprendo realmente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío.
12Consciente de su situación, se dirigió a casa de María, madre de Juan, de sobrenombre Marcos, donde estaban muchos reunidos en oración. 13Llamó a la puerta del vestíbulo y, al oírlo, acudió una sirvienta llamada Rode. 14Al reconocer la voz de Pedro, de la alegría no abrió la puerta, sino que corrió hacia dentro y anunció que Pedro estaba a la puerta. 15Ellos le dijeron:
—¡Estás loca!
Ella, sin embargo, insistía en que era así. Entonces dijeron:
16Pedro continuaba llamando. Al abrir lo vieron y se llenaron de asombro. 17Entonces les hizo señas con la mano para que callaran y les relató cómo el Señor lo había sacado de la cárcel, y añadió:
—Anúncienlo a Santiago y a los hermanos.
Salió y partió hacia otro lugar.
18Cuando se hizo de día se produjo una gran conmoción entre los soldados por lo que habría ocurrido con Pedro. 19Herodes lo buscó y, al no encontrarlo, procesó a los guardias y los mandó ejecutar. Después descendió de Judea a Cesarea y se quedó allí.
20Herodes estaba airado contra los de Tiro y Sidón. De común acuerdo vinieron a él y después de haberse ganado a Blasto, mayordomo del rey, le pedían la paz, dado que sus tierras se abastecían de las del rey. 21El día designado se sentó Herodes en la tribuna, revestido con los distintivos reales, y se puso a arengarles. 22El pueblo lo aclamaba:
—Es la voz de un dios y no la de un hombre.
23Al instante lo hirió un ángel del Señor, porque no había dado gloria a Dios; y expiró comido por los gusanos.
24La palabra de Dios crecía y se multiplicaba. 25Bernabé y Saulo volvieron a Jerusalén una vez cumplido su ministerio, y se trajeron a Juan, llamado Marcos.
13Hch1En la iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé y Simón, que era llamado el Negro, Lucio, el de Cirene, y Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo. 2Mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo:
—Sepárenme a Bernabé y a Saulo para la obra que les he destinado.
3Y después de ayunar, orar e imponerles las manos, los despidieron.
4Entonces ellos, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia, y de allí navegaron rumbo a Chipre. 5Al llegar a Salamina se pusieron a predicar la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos, y tenían a Juan como colaborador. 6Atravesaron toda la isla hasta Pafos, y encontraron a un mago, falso profeta judío, que se llamaba Barjesús, 7que estaba con el procónsul Sergio Pablo, hombre prudente. Éste hizo llamar a Bernabé y a Saulo, con el deseo de oír la palabra de Dios; 8pero el mago Elimas —que así se traduce su nombre— se les oponía, intentando apartar de la fe al procónsul. 9Entonces Saulo, también llamado Pablo, lleno del Espíritu Santo y mirándolo fijamente, 10le dijo:
—¡Tú, lleno de todo engaño y de toda malicia, hijo del diablo, enemigo de toda justicia! ¿No dejarás de torcer los rectos caminos del Señor? 11La mano del Señor va a caer sobre ti y te vas a quedar ciego sin ver el sol hasta el tiempo señalado.
Al momento la niebla y la oscuridad lo rodearon y se puso a dar vueltas buscando alguien que lo llevara de la mano. 12Al ver lo sucedido, el procónsul creyó, admirado de la doctrina del Señor.
13Pablo y sus compañeros navegaron desde Pafos hasta llegar a Perge de Panfilia; pero Juan se separó de ellos y volvió a Jerusalén. 14Ellos siguieron desde Perge y llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento.
15Después de la lectura de la Ley y los Profetas, los jefes de la sinagoga se dirigieron a ellos:
—Hermanos, si tienen alguna palabra de exhortación para el pueblo, díganla.
16Pablo se levantó, pidió con la mano silencio y dijo:
—Varones israelitas y los temerosos de Dios, escuchen: 17el Dios de este pueblo de Israel eligió a nuestros padres, enalteció al pueblo durante su permanencia en el país de Egipto, y con brazo fuerte los sacó de allí. 18Durante unos cuarenta años los cuidó en el desierto; 19destruyó siete naciones en el país de Canaán y distribuyó su tierra entre ellos 20a lo largo de unos cuatrocientos cincuenta años. Después de esto, les dio jueces hasta el profeta Samuel. 21Pidieron entonces un rey y Dios les dio durante cuarenta años a Saúl, hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín. 22Cuando lo depuso, les suscitó como rey a David, a quien acreditó diciendo: Encontré a David, hijo de Jesé, hombre según mi corazón, que hará en todo mi voluntad.
23»De su descendencia, Dios, según la promesa, hizo surgir para Israel un Salvador, Jesús. 24Juan había predicado, ante la proximidad de su venida, un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel. 25Cuando estaba Juan para terminar su carrera decía: «¿Quién piensan que soy? No soy yo, sino miren que detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar el calzado de los pies».
26»Hermanos, hijos de Abrahán y los que entre ustedes son temerosos de Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de Salvación. 27Los habitantes de Jerusalén y sus jefes lo ignoraron y, al condenarle, cumplieron las palabras de los Profetas que se leen todos los sábados. 28Y sin haber encontrado causa alguna de muerte, pidieron a Pilato que lo hiciera morir. 29Cuando cumplieron todo lo que sobre él estaba escrito, lo bajaron del madero y lo pusieron en el sepulcro. 30Pero Dios lo resucitó de entre los muertos: 31se apareció muchos días a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, los mismos que ahora son sus testigos ante el pueblo.
32»También nosotros les anunciamos la buena nueva de que la promesa hecha a nuestros padres 33la ha cumplido Dios en nosotros, sus hijos, al resucitar a Jesús, como estaba escrito en el Salmo segundo:
Tú eres mi Hijo,
yo te he engendrado hoy.
34»Y que lo resucitó de entre los muertos para jamás volver a la corrupción lo dijo así:
Les daré las santas y firmes promesas
hechas a David.
35»Por lo cual dice también en otro lugar:
No dejarás a tu Santo experimentar la corrupción.
36»Porque David, después de haber cumplido durante su vida la voluntad de Dios, murió, fue sepultado con sus padres y experimentó la corrupción; 37pero aquel a quien Dios resucitó no experimentó la corrupción. 38Sepan, pues, hermanos, que por éste se les anuncia el perdón de los pecados; y que de todo lo que no pudieron ser justificados por la Ley de Moisés, 39queda justificado todo el que cree en él. 40Por tanto, cuiden que no suceda lo dicho en los Profetas:
41Miren, los despreciadores,
asómbrense y ocúltense,
porque voy a realizar una obra en sus días,
una obra que no creerían si alguien se las contara.
42Al salir les rogaban que el sábado siguiente les hablaran de eso mismo. 43Terminada la reunión, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé, que los exhortaban y persuadían a permanecer en la gracia de Dios.
44El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para oír la palabra del Señor. 45Cuando los judíos vieron la muchedumbre se llenaron de envidia y contradecían con injurias las afirmaciones de Pablo. 46Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía:
—Era necesario anunciarles en primer lugar a ustedes la palabra de Dios, pero ya que la rechazan y se juzgan indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. 47Pues así nos lo mandó el Señor:
Te he puesto como luz de los gentiles,
para que lleves la salvación
hasta los confines de la tierra.
48Al oír esto los gentiles se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna. 49Y la palabra del Señor se propagaba por toda la región. 50Pero los judíos incitaron a mujeres piadosas y distinguidas y a los principales de la ciudad, promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio. 51Éstos se sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se dirigieron a Iconio. 52Los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.