COMENTARIO
Lucas aprovecha el episodio de Simón para mostrar la diferencia entre los genuinos milagros obrados por los discípulos en nombre y con el poder de Jesucristo, y los prodigios reales o fingidos de un impostor. «Igual que en los tiempos de Moisés, se marca también ahora la distinción entre unos prodigios y otros. La magia era practicada, pero resultaba fácil distinguir los verdaderos milagros (…). Los espíritus inmundos salían de gran número de posesos, con grandes voces. Éste era el signo de su expulsión. Los que practicaban magia hacían justamente lo contrario: reforzar las ataduras de los hombres posesos» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 18,3).
La magia, intento de dominar fuerzas ocultas, y la superstición, que busca efectos sobrenaturales con medios inadecuados, son manifestaciones de una religión desfigurada o corrupta. La religión natural es en sí misma una búsqueda legítima y necesaria de Dios, con el deseo de adorarle. Es purificada y completada por la revelación sobrenatural, que sale al encuentro de la inquietud religiosa de la criatura humana para elevarla y conducirla a buen término. De otro modo la religión, dejada a sí misma, puede caer en desviaciones estériles y perjudiciales. Esto es lo que parece sugerir el comportamiento de Simón a lo largo de estos episodios: cree, es bautizado y sigue a Felipe (v. 13), pero no entiende bien las dimensiones de la religión verdadera (8,18-19). Sin embargo, hay un resto de piedad en sus acciones, porque pide a los Apóstoles que rueguen al Señor por él (8,24). Sin la revelación, los hombres vamos «a tientas» (17,27). Esta dificultad por llegar a la plena verdad por parte de los paganos, fue notada por los primeros apologistas cristianos, ya fuera referida a la religión o al pensamiento: «Nuestra doctrina sobrepasa toda doctrina humana porque nosotros tenemos la totalidad del Verbo en Cristo que se nos manifestó, cuerpo, verbo y alma. Todos los principios justos que los filósofos y los legisladores descubrieron y expresaron los deben a lo que del Verbo hallaron y contemplaron parcialmente. Precisamente por no haber conocido al Verbo, que es Cristo, entraron muchas veces en contradicción consigo mismos» (S. Justino, Apologia 2,7,3).
«La Potencia de Dios, llamada la Grande» (v. 10) es una expresión de origen incierto. La credulidad ingenua de las buenas gentes samaritanas participaba de concepciones del tiempo, en que los dioses se mezclaban en las vicisitudes de los humanos. En cualquier caso, atribuían a Simón Mago esa potencia divina.