COMENTARIO
Los Apóstoles guían también la primera expansión de la Iglesia fuera de Jerusalén (v. 14). La Tradición ha visto en los vv. 15-17 una primera manifestación del sacramento de la Confirmación: «Los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo (cfr Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué en la Carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (cfr Hb 6,2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la Tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (Pablo VI, Divinae consortium naturae).
Pedro y Juan no actúan en virtud de una fuerza independiente que posean o controlen, sino en dependencia del poder divino (vv. 15.17). Los cristianos alcanzan los milagros mediante la súplica a Dios y nunca por gestos o fórmulas mágicas. San Lucas señalará de nuevo las diferencias entre el milagro cristiano y la magia al narrar los episodios del mago Elimas (13,6ss.), la adivina de Filipos (16,16ss.) y los hijos del sacerdote Esceva (19,13ss.).
La propuesta de Simón, que ofrece dinero a cambio de la capacidad para transmitir el Espíritu (vv. 18-19), ha originado el término simonía para designar el comercio con las cosas santas: «La simonía (cfr Hch 8,9-24) se define como la compra o venta de las realidades espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotados a los apóstoles, Pedro le responde: “Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero” (Hch 8,20). Así se ajustaba a las palabras de Jesús: “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10,8; cfr Is 55,1). Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un posesor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de Él» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2121). No es simonía, sin embargo, que los ministros del culto acepten una razonable limosna para su propio sostenimiento o el del culto, pues no se trata de un precio del fruto espiritual, sino de una lógica ayuda. Jesucristo enseña que el apóstol necesita de un salario (cfr Lc 10,7), y lo mismo escribe San Pablo (cfr 1 Co 9,14). cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2122.