COMENTARIO
Las autoridades romanas reconocían la autoridad moral del Sanedrín e incluso le permitían alguna jurisdicción sobre los miembros de las comunidades judías fuera de las fronteras de Palestina, como es el caso de Damasco, una ciudad situada a unos 250 km de Jerusalén. Su potestad alcanzaba incluso el derecho de extradición (cfr 1 M 15,21). Ése es el fundamento de la misión de Pablo (vv. 1-3).
Camino de Damasco, tiene lugar la visión, inicio de su vocación. Desde el mismo momento de su llamada, en la primera aparición a Saulo, Cristo le hizo patente la identificación entre Él y los cristianos. Es una realidad que quedará grabada en el Apóstol y que formulará más tarde, al hablar en sus epístolas del Cuerpo Místico de Cristo (cfr Col 1,18; Ef 1,22s.). Ésta es la idea que resaltan algunos Padres en sus comentarios: «[Jesús] no dice: “¿Por qué persigues a mis miembros?”, sino ¿Por qué me persigues?, porque Él mismo todavía padece afrentas en su Cuerpo, que es la Iglesia» (S. Beda, Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).
Pero el Señor no le comunica a Pablo su misión. La vocación de Pablo como Apóstol de las gentes se la muestra Jesucristo a Ananías (v. 15) y éste a Pablo (cfr 22,14-15). A pesar del inicio extraordinario de la vocación de San Pablo, Dios quiso formarle y transmitirle su voluntad a través de otras personas de la comunidad cristiana. Tal vez por eso, la tradición ascética que se remonta a los primeros siglos de la Iglesia, ha acudido a este pasaje para aconsejar la dirección espiritual, pues hay un principio de gobierno humano según el cual «nadie es buen juez en causa propia, porque cada cual juzga según las propias inclinaciones» (Juan Casiano, Collationes 16,11). «Nuestro Señor Jesucristo, sin el cual nada podemos, no dará su gracia a aquel que, pudiendo acudir a un director experto, rechazare este precioso medio de santificación, pensando bastarse a sí mismo en todo lo que atañe a su salvación. El que tiene un director, a quien obedece en todo, llegará al fin más fácil y prontamente que si se guiara a sí mismo, aun poseyendo una aguda inteligencia e inmejorables libros de espiritualidad» (S. Vicente Ferrer, Tratado de la vida espiritual 2,1).
Ananías llama «santos» (v. 13) a los seguidores de Cristo. Ésta era una denominación ordinaria entre los primeros cristianos (9,32.41; 26,10; Rm 8,27; 1 Co 1,2; etc.). Dios es el «Santo por excelencia» (cfr Is 6,3) y de esa santidad participan los que se acercan a Él y cumplen sus mandatos: «Habló el Señor a Moisés y dijo: “Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: Sed santos, porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”» (Lv 19,1-2). «¿Verdad que es conmovedor ese apelativo —¡santos!— que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí? —Aprende a tratar a tus hermanos» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 469).