COMENTARIO

 Hch 11,1-18 

La actitud de Pedro ha despertado recelos en la comunidad de los circuncisos. Al Apóstol se le reprocha sentarse a la mesa con incircuncisos y predicarles la palabra de Dios (vv. 1.3). Para entender la actitud de los cristianos de Jerusalén, instruidos desde niños en un judaísmo estricto, es imprescindible tener en cuenta que el cristianismo nace en el seno del judaísmo y no se presenta como una nueva religión, sino como cumplimiento de las promesas y profecías del Antiguo Testamento. Desde la vuelta del exilio de Babilonia, los israelitas cifraban la salvación en la fidelidad minuciosa, escrupulosa, a la observancia de la Ley. De este modo, en la época de Cristo se había llegado a tal acumulación de casuística adicional, que su cumplimiento había llegado a ser sofocante y hacía perder de vista la finalidad esencial de la Ley: el amor a Dios y al prójimo. No obstante, resultaba difícil entender cómo podía predicarse la nueva Ley saltándose la antigua.

San Pedro, en un largo discurso, explica que no ha actuado por cuenta propia, sino que en todo momento no ha hecho sino obedecer al Espíritu Santo. La novedad más grande sobre lo narrado en el capítulo anterior son los vv. 15-17 en los que Pedro establece una correlación entre lo ocurrido con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (2,1ss.) y la venida sobre los gentiles convertidos (10,44-46) en Cesarea. De esta manera, quedaba claro a todos (cfr v. 18) que para incorporarse a la Iglesia no era necesario ser agregado antes al pueblo judío mediante la circuncisión: «Hombres, mujeres, muchachos, profundamente divididos en cuanto raza, nación, lengua, clase social, ciencia, dignidad, bienes, (…) a todos éstos los recrea la Iglesia en el Espíritu. Ella imprime en todos una misma forma divina. Todos reciben una naturaleza imposible de romper. (…) De aquí deriva que todos estemos unidos de una manera verdaderamente católica. En la Iglesia, ninguno está separado de la comunidad, todos se afianzan unos a otros por la fuerza indivisible de la fe. Cristo está así, todo en todos; Él que asume todo en Él, según su fuerza infinita, y que a todos comunica su bondad. (…) Sucede así que las criaturas del único Dios no son ya extrañas y enemigas unas de otras» (S. Máximo el Confesor, Mistagogia 1).

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