COMENTARIO
Este relato enlaza con la dispersión de los cristianos originada tras el martirio de Esteban (8,1-4). Ahora se narra la difusión del Evangelio, que llega a Antioquía del Orontes, capital de la provincia romana de Siria. Antioquía es la primera gran urbe del mundo antiguo en la que se predica a Jesucristo. Era, junto con Éfeso, la ciudad más importante del Imperio romano después de Roma y Alejandría. Tenía alrededor de 150.000 habitantes y una numerosa colonia judía. Constituía un centro de gran relevancia cultural, económica y religiosa. El anuncio del Evangelio en Antioquía no se limita ya a judíos y prosélitos; se dirige a todos y forma parte de la actividad cotidiana, normal y espontánea, de los cristianos helenistas llegados desde Jerusalén después del martirio de Esteban. La misión de Antioquía encierra un gran significado en la expansión del cristianismo, pues el centro de gravedad de la Iglesia cristiana comienza a desplazarse desde Jerusalén a esta ciudad, que será el punto de partida para la evangelización del mundo pagano. Por eso, San Lucas subraya la comunión entre ambas iglesias: es la iglesia de Jerusalén (v. 22) la que se siente responsable y solícita de toda la misión cristiana, y por ello envía a Bernabé, hombre de confianza de los Apóstoles. Al ver el inmenso panorama de actividad apostólica, Bernabé va a Tarso en busca de Pablo para que se incorpore a la labor. A su vez, es la iglesia de Antioquía la primera en mostrarse atenta (11,29-30) ante las necesidades de la iglesia madre.
Lucas recuerda también (v. 26) el origen del nombre de «cristianos» que tan adecuadamente señala la identidad de los fieles: «Aunque los Santos Apóstoles han sido nuestros maestros y nos han entregado el Evangelio del Salvador, sin embargo no hemos recibido de ellos nuestro nombre, sino que somos cristianos por Cristo y por Él se nos llama de ese modo» (S. Atanasio, Contra Arianos 1,2).