COMENTARIO

 Hch 11,27-30 

El libro de los Hechos menciona a profetas en diversas ocasiones. Además de Ágabo (vv. 27-28), se nombran como profetas a Judas y Silas (15,32), a las hijas del diácono Felipe (21,9) y a otros varios (13,1). En la naciente Iglesia, el oficio profético se subordina al ministerio apostólico y se ejerce bajo su dirección, para el servicio y la edificación de la comunidad cristiana (1 Co 12,10-11.28-29; 13,2; 14,1-3.29-40). El carisma de profecía, tal como aparece en los primeros años de la Iglesia, no lo encontramos en tiempos posteriores. Pero los carismas del Espíritu Santo, lejos de extinguirse, están presentes en todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo según la tarea o función eclesial que le corresponde desempeñar a cada uno: «Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 799).

En el mandato de Claudio (años 41-54) el Imperio padeció una crisis de alimentos (años 47-49) que afectó, entre otras regiones, a Roma, Grecia, Siria y Palestina: a ella se refiere probablemente la profecía de Ágabo (vv. 28-29). La próspera comunidad de Antioquía decide enviar ayuda a los cristianos de la iglesia madre de Jerusalén. Los discípulos antioquenos manifiestan, como hicieron los cristianos de la primera hora (cfr 4,34), su caridad y solicitud hacia los hermanos necesitados y demuestran de este modo el genuino carácter de su cristianismo. Su ejemplo ha quedado plasmado de muchas maneras en la doctrina de la Iglesia: «Las naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los países económicamente más débiles, o que están en el límite de la supervivencia, asisitidos por los demás pueblos o por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común los tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se perderían para siempre» (S. Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 39).

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