COMENTARIO
El culto sinagogal durante el sábado (vv. 14-15) era en el siglo primero una institución sólidamente establecida. Consistía en la lectura de la Sagrada Escritura, la predicación y las oraciones públicas. No había nadie especialmente nombrado para dirigirlo, de modo que las funciones eran realizadas por los miembros de la comunidad a instancias y preparación del presidente o jefe de la sinagoga.
El discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia nos informa admirablemente sobre su manera de presentar el Evangelio a una congregación de judíos y prosélitos. Describe un cuadro general de la historia de la salvación, donde finalmente sitúa a Jesús como el Mesías esperado, en el que convergen los caminos de esta historia y las promesas de Dios. Las diversas etapas que conducen a Jesucristo, incluida la del Bautista, adquieren en la exposición un carácter transitorio. Lo antiguo y provisional debe hacerse a un lado para dejar paso en Cristo a lo nuevo y definitivo: «Cristo es el fin de la Ley: Él nos hace pasar de la esclavitud de esta Ley a la libertad del espíritu. La Ley tendía hacia Él como a su complemento; y Él, como supremo legislador, da cumplimiento a su misión, transformando en espíritu la letra de la Ley. (…) La sombra se retira ante la llegada de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la Ley por la libertad del Espíritu» (S. Andrés de Creta, Sermones 1).
El discurso recoge los temas principales de la predicación apostólica: iniciativa divina salvadora en la historia de Israel (vv. 17-22), referencia al Precursor (vv. 24-25), anuncio del Evangelio o kérygma propiamente dicho (vv. 26b-31a), mención de Jerusalén (v. 31b), argumentos de Sagrada Escritura (vv. 33-37), complemento de doctrina y tradición apostólica (vv. 38-39) y exhortación final de carácter escatológico —anuncio del futuro— (vv. 40-41). El texto presenta abundantes semejanzas con los discursos de San Pedro (cfr 2,14ss.; 3,12ss.; 4,8ss.; 10,34ss.), especialmente en la proclamación de Jesús como Mesías y en las numerosas citas de la Sagrada Escritura, que se aducen para interpretar el hecho decisivo de la resurrección como garantía de la divinidad de Cristo.
En el discurso se dan dos estilos bastante diferentes: la primera parte (vv. 17-31) tiene un carácter narrativo; es una historia de la salvación que culmina en Jesús. En cambio, la segunda parte (vv. 32-41) aborda la resurrección del Señor y tiene un tono más argumentativo. La resurrección se presenta como el cumplimiento por parte de Dios de la promesa expuesta en los textos sagrados (Sal 2,7; Is 55,3; Sal 16,10). De esta manera, el discurso se dirige hacia la conclusión expuesta en los vv. 38-39: no somos justificados por la Ley de Moisés, sino por la fe en Cristo resucitado. La doctrina cristiana enseña que «la justificación es la obra más excelente del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús y concedido por el Espíritu Santo. San Agustín afirma que “la justificación del impío es una obra más grande que la creación del cielo y de la tierra”, porque “el cielo y la tierra pasarán, mientras la salvación y la justificación de los elegidos permanecerán” (In Ioannis Evangelium 72,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1994).