COMENTARIO
Filipos era una próspera ciudad, fundada por Filipo, padre de Alejandro Magno (siglo IV a.C.). Augusto la elevó al rango de colonia y le concedió privilegios. Tenía una población judía muy reducida. Lo muestra la inexistencia de sinagoga, cuyo establecimiento exigía que al menos diez varones hebreos vivieran en el lugar. Se nos informa sólo de un grupo de mujeres que se reúnen a orar junto al río, probablemente a causa de las purificaciones rituales.
En el entrañable relato de Lucas se dan cita el don divino de la vocación y el agradecimiento humano. Es, en efecto, Dios quien abre el corazón (v. 14), pues «nadie puede prestar su asentimiento a la predicación evangélica de un modo verdaderamente salvífico, a no ser por la luz y la inspiración del Espíritu Santo, que da a todos la suavidad necesaria para afirmar y creer la verdad» (Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap. 3). Pero, después (v. 15), Lidia muestra su agradecimiento con obras: «¡Qué sabiduría la de Lidia! ¡Con qué humildad y dulzura habla a los Apóstoles!: Si juzgáis que soy fiel al Señor. (…) Ved cómo en ella la fe produce sus frutos y cómo su vocación le parece un bien inapreciable» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 35,1). El primer fruto del cristianismo en Europa es la correspondencia a la vocación de una mujer: «Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los cimientos —así como de las comunidades sucesivas— mediante los propios carismas y con su servicio multiforme. Los escritos apostólicos anotan sus nombres. (…) Lo mismo se repite en el curso de los siglos, generación tras generación, como lo demuestra la historia de la Iglesia. En efecto, la Iglesia, defendiendo la dignidad de la mujer y su vocación, ha mostrado honor y gratitud para aquellas que —fieles al Evangelio— han participado en todo tiempo en la misión apostólica del Pueblo de Dios. Se trata de santas mártires, de vírgenes, de madres de familia, que valientemente han dado testimonio de su fe, y que, educando a los propios hijos en el espíritu del Evangelio, han transmitido la fe y la tradición de la Iglesia. También en nuestros días la Iglesia no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la sequela Christi —seguimiento de Cristo—, un ejemplo de cómo la Esposa ha de responder con amor al amor del Esposo» (S. Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 27).