COMENTARIO
Pablo y Silas rezan por la noche (v. 25). San Juan Crisóstomo toma pie de este pasaje para exhortar a los cristianos a que santifiquen el tiempo de descanso nocturno: «Mostrad con vuestro ejemplo que la noche no es sólo para reparar las fuerzas del cuerpo, sino que sirve para santificar el alma (…). No hace falta que sean oraciones prolongadas; una sola, hecha con atención, será suficiente (…). Haced a Dios este sacrificio de un momento de oración y Él os recompensará» (In Acta Apostolorum 36). En cambio, San Beda se fija en el ejemplo de los Apóstoles para los que sufren tribulaciones: «La devoción y fuerza que inflamaba los corazones de los Apóstoles se expresa en la oración, y llegan a cantar himnos hasta en la misma cárcel. Su alabanza conmueve la tierra, hace temblar los fundamentos de la prisión, abre las puertas y, para terminar, libra a los presos de sus cadenas. Igualmente aquel fiel que goza de toda alegría, cuando encuentre tentaciones, alégrese entonces con gusto en sus debilidades, para que habite en él la fuerza de Cristo. Y una vez cumplido esto, alabe al Señor con himnos, junto con Pablo y Silas en las tinieblas de la cárcel, y cante con el salmista: Tú eres mi refugio y mi alegría ante la adversidad que me rodea (Sal 32,7)» (Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).
Como en otros lugares del Nuevo Testamento (16,15; 18,8; 1 Co 1,16), se alude aquí (v. 33) al bautismo de toda la casa. A esa acción apostólica se remite la práctica pastoral de la Iglesia cuando recomienda el bautismo de los niños: «La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando “casas” enteras recibieron el Bautismo, se haya bautizado también a los niños» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1252). Tal práctica no es una mera tradición, tiene además un fundamento doctrinal: «La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el Bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento» (ibidem, n. 1250).