COMENTARIO

 Hch 17,16-21 

El relato sobre la estancia de Pablo en Atenas es de una riqueza de matices admirable. Nos presenta el encuentro del Evangelio con el paganismo helenista, popular y culto, de su tiempo. Es un momento de singular importancia porque la predicación evangélica va a mostrar, a través del Apóstol, su capacidad de expresarse en diferentes mentalidades y situaciones culturales, permaneciendo en todo fiel a sí misma. En la Tradición de la Iglesia, y muy particularmente en los inicios, se ha tenido presente que también los pueblos paganos han recibido una cierta manifestación de la Verdad que les prepara para aceptar a Cristo, única Verdad: «Yo confieso que mis oraciones y mis esfuerzos tienen como fin mostrarme cristiano, no porque las doctrinas de Platón sean del todo ajenas a Cristo, sino porque no son del todo semejantes, como tampoco las de los otros filósofos, estoicos, por ejemplo, poetas e historiadores. Porque cada uno habló bien, con base en la porción del Verbo seminal divino que le correspondió. Pero es evidente que quienes en puntos muy principales se contradicen unos a otros, no alcanzaron una ciencia segura ni una sabiduría irrefutable. Todo lo verdadero y bueno dicho por ellos nos pertenece a nosotros los cristianos (…). Los escritores profanos sólo oscuramente pudieron ver la realidad, gracias a la semilla del Verbo presente en ellos» (S. Justino, Apologia 2,13,2-5).

Lucas apunta en el inicio el celo del Apóstol (v. 16) y su manifestación en obras de evangelización con judíos y paganos. Según su proceder habitual, Pablo predica en la sinagoga, pero habla también en el «ágora» (v. 17), la plaza principal de Atenas donde se tenían las asambleas del pueblo: allí se trataban los asuntos políticos importantes, aunque también allí comentaban de manera informal los asuntos y noticias corrientes, pues era donde se instalaba el mercado. El «Areópago» (v. 19) designaba antiguamente una colina al noroeste de la Acrópolis de Atenas; más tarde indicó el tribunal que tenía allí las audiencias. En época de Pablo, se llamaba indiferentemente Areópago a la colina y al tribunal, que, desde hacía tiempo, se había trasladado al Pórtico Real, en el ágora.

El evangelista presenta a Pablo en diálogo con epicúreos y estoicos (v. 18). Los primeros, discípulos de Epicuro (341-270 a.C.), mostraban un cierto aire materialista; no creían en la existencia de dioses, o los consideraban como ajenos e indiferentes al mundo de los hombres; su ética acentuaba la importancia del placer y la tranquilidad. Los estoicos, fundados por Zenón de Citium (340-265 a.C.), veían en el «logos» la causa que configura, ordena y dirige el universo y la vida de los seres; esta razón de todo lo existente era para ellos un principio último, inmanente en las cosas y suponía una concepción panteísta de la realidad; su ética insistía en la suficiencia y responsabilidad del hombre, y hablaba un lenguaje de libertad, aunque concebía al ser humano movido por la fuerza irresistible y necesaria del destino.

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