COMENTARIO

 Hch 17,22-34 

Este discurso, el más extenso de San Pablo predicado a los paganos (cfr 14,15ss.), constituye probablemente el primer modelo conocido de apologética cristiana: tiende a mostrar la naturaleza razonable del cristianismo y lo mucho que puede decir al pensamiento humano sin prejuicios. Hace ver al mismo autor de los tres primeros capítulos de la Carta a los Romanos: alguien que lleva tiempo ocupado en predicar el Evangelio a paganos, según un esquema que habla primero del único Dios vivo y verdadero y anuncia a continuación a Jesucristo, Salvador divino de todos los hombres (cfr 2 Tm 1,9-10). El motivo central del discurso está en que el hombre tiene su origen en Dios y, por eso, conserva una nostalgia de Él que le impulsa a buscarle. Los Padres de la Iglesia desarrollaron con gusto esta imagen: «Si alguien levanta su atención un poco sobre lo corporal y, liberado de la servidumbre y sinrazón de las pasiones, examina su propia alma con pensamiento honesto y sincero, verá claramente en su naturaleza el amor de Dios hacia nosotros y el designio del Creador. Observando de esta forma, descubrirá que es esencial y natural al hombre el deseo hacia lo hermoso y óptimo; descubrirá también, sembrado en su naturaleza, el amor impasible y feliz hacia aquella Imagen inteligible y bienaventurada de la que el hombre es copia» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).

Después de una introducción destinada a atraer la atención de los oyentes y anunciar el tema principal (vv. 22-23), el discurso se divide en tres partes: 1) Dios es el Señor del mundo y no necesita habitar en templos fabricados por hombres (vv. 24-25); 2) el hombre es criatura de Dios y depende en todo de Él (vv. 26-27); 3) existe una relación entre Dios y el hombre, de modo que la idolatría es un error (vv. 28-29). Sigue una conclusión en la que exhorta a los oyentes a abandonar sus errores acerca de Dios y decidirse al arrepentimiento, teniendo en cuenta el Juicio Final que realizará Jesucristo resucitado (vv. 30-31).

La cita invocada por San Pablo en su discurso (v. 28), en singular, es del poeta estoico Arato (siglo III a.C.). La forma plural, utilizada por el Apóstol, parece aludir a un verso análogo del himno a Zeus escrito por Cleantes (también del siglo III a.C.). Más allá de la intención de captar la benevolencia de los oyentes para su mensaje, en esta invocación se descubre el respeto de Pablo y de los cristianos por lo que de hay de verdadero en las manifestaciones de la cultura humana: «Hay en la cultura profana —escribe San Gregorio de Nisa— aspectos que no debemos rechazar a la hora de crecer en la virtud. La filosofía moral y natural puede ser, en efecto, compañera de quien desea llevar una vida elevada (…), a condición de que su fruto no conserve ninguna contaminación extraña» (De vita Moysis 2,37).

Pero el discurso tiene otra cara. Al hablar de la resurrección de los muertos las respuestas se dividen (v. 32): «Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 996). Para ello es necesaria la fe, que Dios da a los que le buscan con sincero corazón (v. 34): «Nosotros creemos firmemente que la naturaleza humana no es capaz de buscar a Dios y de descubrirlo con pureza si no es ayudada por Aquel que ella busca. Y Él es descubierto por aquellos que, después de haber hecho lo que podían, reconocen tener necesidad de Él» (Orígenes, Contra Celsum 7,42).

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