COMENTARIO

 Hch 18,1-11 

Pablo debió de llegar algo abatido a Corinto tras su predicación en Atenas, y con gran estrechez económica. Tiempo después escribiría: «Me he presentado ante vosotros débil, y con temor y mucho temblor, y mi mensaje y mi predicación no se han basado en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder» (1 Co 2,3-4). Corinto era una ciudad eminentemente comercial y cosmopolita. Ocupaba el istmo entre dos golfos —hoy unidos por un canal—, y a ella arribaban naves de todas partes. El ambiente moral no era favorable para la difusión del Evangelio, como se puede ver por ejemplo en la descripción que Pablo hace del mundo pagano en Rm 1,18-32, y que fue escrita precisamente aquí, en Corinto. Las costumbres relajadas, el exclusivo afán por ganar dinero y el culto lujurioso a la diosa Afrodita podían hacer suponer que no era lugar adecuado para sembrar la Palabra de Dios; pero el Señor puede más y su mensaje de salvación es capaz de convertir los corazones.

En su labor en Corinto, Pablo cuenta con la ayuda eficaz de Aquila y Priscila (vv. 2-4). Ambos cónyuges, que se trasladaron a Éfeso con Pablo (cfr 18,18), volvieron a Roma más tarde (cfr Rm 16,3). La presencia de este matrimonio cristiano en la misión apostólica de los orígenes de la evangelización ha quedado como ejemplo de lo que la Iglesia espera de sus fieles: «También la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana posee esta dimensión misionera católica. El sacramento del Matrimonio, que plantea con nueva fuerza el deber arraigado en el Bautismo y en la Confirmación de defender y difundir la fe, constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo hasta los últimos confines de la tierra (Hch 1,8) (…). Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila se presentaban como una pareja misionera, así también la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la presencia de cónyuges y familias cristianas que (…) van a tierras de misión a anunciar el Evangelio sirviendo al hombre por amor de Jesucristo» (S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 54).

Claudio fue emperador los años 41-54. Su edicto que expulsaba de Roma a los judíos (v. 2), mencionado también por Suetonio, es anterior al año 50. San Pablo vive de su trabajo y lo hace compatible con su intensa predicación del Evangelio (vv. 3-4). «La enseñanza de Cristo acerca del trabajo —escribe San Juan Pablo II—, basada en el ejemplo de su propia vida durante los años de Nazaret, encuentra un eco particularmente vivo en las enseñanzas del apóstol Pablo. Éste se gloriaba de trabajar en su oficio (probablemente fabricaba tiendas, cfr Hch 18,3) y gracias a esto podía también, como apóstol, ganarse por sí mismo el pan» (Laborem exercens, n. 26). Durante la estancia de año y medio en Corinto, Pablo escribe a los tesalonicenses unas cartas exigentes en las que les exhorta a que trabajen (2 Ts 3,10.12). San Juan Crisóstomo, comentando este pasaje de Hechos, afirma: «El trabajo es el estado natural del hombre. Para él, la ociosidad no es natural. Dios ha puesto al hombre en este mundo para trabajar, y por naturaleza el alma está hecha para el movimiento y no para el reposo» (In Acta Apostolorum 35).

La obcecación de los judíos de Corinto (vv. 5-6) hace percibir dolorosamente de nuevo a Pablo el misterio de la resistencia a creer de gran parte del pueblo elegido. Con un gesto similar al de Antioquía de Pisidia (cfr 13,51), el Apóstol sacude el polvo de sus ropas. La frase «desde ahora me dirigiré a los gentiles» (v. 6) se refiere a su predicación en Corinto, pues seguirá evangelizando a judíos y a gentiles allí donde desempeñe su trabajo apostólico (cfr 18,19; 28,17). «Sucedió que los judíos —escribe San Justino—, que estaban en posesión de las profecías y esperaban continuamente a Cristo, cuando vino, no le reconocieron; y no sólo eso, sino que le maltrataron. En cambio los gentiles, que jamás habían oído hablar de Él hasta que los Apóstoles salidos de Jerusalén les narraron su vida y les entregaron las profecías, llenos de alegría y de fe renunciaron a los ídolos y se consagraron por medio de Cristo al Dios ingénito» (Apologia 1,49,5).

De todos modos, la predicación de Pablo en Corinto comenzó a dar sus frutos (vv. 7-8) entre algunos judíos, como Crispo y su familia, y muchos gentiles. Los dones extraordinarios que Pablo recibe, como la visión y palabras de Jesús (vv. 9-10), indican el grado de heroísmo y entrega que Dios le pide. Los consuelos de la contemplación no se conceden, en efecto, para evitar los trabajos de seguir a Cristo, sino más bien para que el cristiano pueda aumentarlos y llevar más peso con la ayuda del Señor: «Sé claro que son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos, y son de tal suerte, que si no les diese aquel manjar de gustos no se podrían sufrir. Y está claro que (…) a los que Dios mucho quiere lleva por camino de trabajos, y mientras más los ama, mayores» (Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección 18,1).

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