COMENTARIO
El tercer viaje apostólico de Pablo comienza, como los anteriores, en Antioquía y acaba en Mileto con la partida del Apóstol hacia Jerusalén. El viaje fue largo. Lucas se centra sobre todo en la actividad desarrollada en Éfeso.
Pablo recorre, para empezar, las ciudades ya evangelizadas en las regiones de Galacia y Frigia, lo que le llevaría posiblemente los meses finales del año 53 y primeros del 54. Marcha luego a Éfeso, donde permanece casi tres años y sufre toda clase de tribulaciones (cfr 2 Co 1,8), de forma que cuando escribe desde allí a los corintios, en la primavera del 57, puede decir: «Hasta el momento presente pasamos hambre, sed, desnudez, somos abofeteados, andamos errantes (…). Hemos venido a ser hasta ahora como la basura del mundo, el desecho de todos» (1 Co 4,11.13). Aun en esas condiciones, o quizá por ellas, su apostolado fue fecundísimo y el mensaje cristiano llegó a toda el Asia proconsular (Turquía occidental de la actualidad): a ciudades importantes como Colosas, Laodicea, Hierápolis, etc.; por lo que San Pablo afirmaba: «Se me ha abierto una puerta amplia y prometedora» (1 Co 16,9).
El Apóstol abandona la ciudad como consecuencia del motín de los plateros, y marcha hacia Macedonia y Acaya para visitar las iglesias fundadas en el segundo viaje: Filipos, Tesalónica, Corinto. Aquí permaneció tres meses, el invierno del 57 al 58. La vuelta a Jerusalén, adonde iba a llevar las colectas recibidas, se realiza por Macedonia, para esquivar una conjura de los judíos. Embarcó en Neápolis —el puerto cercano a Filipos— y, tras algunas escalas, llegó a Mileto. Allí se reunió con los presbíteros que hizo venir desde Éfeso. Desde Mileto partió hacia Cesarea, para poder estar en Jerusalén la fiesta de Pentecostés.